martes, 19 de agosto de 2014

NO QUEDA AZUCAR EN LA CIUDAD



“No queda azúcar en la ciudad” fue el título finalmente elegido para el docudrama que inicialmente había sido “La ciudad sin azúcar".

El autor consideró que la ciudad sin azúcar podría asociarse a una ciudad amargada y dolorida tras los últimos escándalos y no era así.

El tema se centra en la desaparición del azúcar y de los edulcorantes, primero en toda la capital y más tarde en todo el territorio nacional, debido a extrañas y misteriosas connivencias y conveniencias entre los productores y los distribuidores que se habían arreglado para acaparar toda la producción de azúcar. (Eso es lo que se dijo, pero la realidad era muy otra y no fue ese el motivo caudal sino algo mucho más oscuro y demoledor que los intereses de unos pocos azucareros).

El asunto se desarrolló rápidamente, prácticamente el azúcar desapareció en poco más de una semana del mercado ante la sorpresa de los responsables y la estupefacción de los consumidores. 

Durante los primeros días aún se podía encontrar azúcar en algunos lugares a unos precios desorbitados, luego se creó una especie de mercado negro en el que lo que se encontraban eran sucedáneos cada vez de peor calidad. A más uno, los trúhanes, les vendieron casi a 3.000 euros el kilo de un producto que al llegar a casa y verter en el café con leche resulto ser sal común, con lo que los espabilados compradores perdieron además el café. Y tuvieron que dedicar lo que creían azúcar a salar huevos fritos y otros alimentos.

Cuando los poderes del estados quisieron reaccionar (como siempre tarde y mal) y  comprar al denostado régimen de Cuba un cargamento de azúcar no obtuvieron de las autoridades cubanas más que un comunicado oficial con la escueta respuesta “Transacción no disponible” Firmado por el viceministro de la caña, Bernardino Diosdado.

Se preparó a continuación un comité de crisis formado por un apicultor y varios asesores de rango superior, casi todos técnicos comerciales, expertos en endulzar las noticias que fracaso totalmente, ya que la miel ofrecida por el apicultor, que había sido designado por el ministro de economía que era cuñado suyo y al que le gustaba mucho la miel, comprobó con angustia que la miel también se había vuelto amarga. El presidente de la nación intervino tarde y calladamente despidió (después de acabado el desabastecimiento) al apicultor y apartó al ministro de economía de la línea ejecutiva del comité de crisis pero los mantuvo cerca con un sueldo digno.

La opinión pública percibió la gravedad de la situación cuando un periódico de ámbito nacional publicó un anuncio ofreciendo cambiar un kilo de oro por un kilo de azúcar.

¿Quién o quienes había detrás de todo aquello? y que se proponían los acaparadores. Más adelante  uno de los sicarios de segundo nivel que fue detenido, confeso (sin acento) y arrepentido, afirmó que siempre se habían propuesto endulzar el futuro a la nación y que lamentaban mucho no haberlo conseguido.

Todo se resolvió cuando un experto laborante descubrió que el azúcar no había existido nunca ni en el país ni en ningún otro lugar. Aunque hubo expertos que no estaban de acuerdo.

El autor suspendió inmediatamente el seguir trabajando en el docudrama y se retiró a orar con los monjes de la orden del Silencioso Cementerio (oblatos) severamente enojado con aquel individuo abyecto que se hacía llamar el “confidente” que le había estado suministrando información para narrar los hechos y en el que nunca más volvió a tener confianza.

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