“No queda azúcar en la ciudad” fue el título finalmente
elegido para el docudrama que inicialmente había sido “La ciudad sin azúcar".
El autor consideró que la ciudad sin azúcar
podría asociarse a una ciudad amargada y dolorida tras los últimos escándalos y
no era así.
El tema se centra en la desaparición del
azúcar y de los edulcorantes, primero en toda la capital y más tarde en todo el
territorio nacional, debido a extrañas y misteriosas connivencias y conveniencias
entre los productores y los distribuidores que se habían arreglado para
acaparar toda la producción de azúcar. (Eso es lo que se dijo, pero la realidad
era muy otra y no fue ese el motivo caudal sino algo mucho más oscuro y demoledor que los intereses de unos pocos
azucareros).
El asunto se desarrolló rápidamente, prácticamente
el azúcar desapareció en poco más de una semana del mercado ante la sorpresa de los
responsables y la estupefacción de los consumidores.
Durante los primeros días aún
se podía encontrar azúcar en algunos lugares a unos precios desorbitados, luego
se creó una especie de mercado negro en el que lo que se encontraban eran
sucedáneos cada vez de peor calidad. A más uno, los trúhanes, les vendieron
casi a 3.000 euros el kilo de un producto que al llegar a casa y verter en el
café con leche resulto ser sal común, con lo que los espabilados compradores
perdieron además el café. Y tuvieron que dedicar lo que creían azúcar a salar
huevos fritos y otros alimentos.
Cuando los poderes del estados quisieron
reaccionar (como siempre tarde y mal) y comprar
al denostado régimen de Cuba un
cargamento de azúcar no obtuvieron de las autoridades cubanas más que un
comunicado oficial con la escueta respuesta “Transacción no disponible” Firmado
por el viceministro de la caña, Bernardino Diosdado.
Se preparó a continuación un comité de crisis
formado por un apicultor y varios asesores de rango superior, casi todos
técnicos comerciales, expertos en endulzar las noticias que fracaso totalmente,
ya que la miel ofrecida por el apicultor, que había sido designado por el
ministro de economía que era cuñado suyo y al que le gustaba mucho la miel,
comprobó con angustia que la miel también se había vuelto amarga. El presidente
de la nación intervino tarde y calladamente despidió (después de acabado el
desabastecimiento) al apicultor y apartó al ministro de economía de la línea
ejecutiva del comité de crisis pero los mantuvo cerca con un sueldo digno.
La opinión pública percibió la gravedad de la
situación cuando un periódico de ámbito nacional publicó un anuncio ofreciendo cambiar
un kilo de oro por un kilo de azúcar.
¿Quién o quienes había detrás de todo aquello?
y que se proponían los acaparadores. Más adelante uno de los sicarios de segundo nivel que fue
detenido, confeso (sin acento) y arrepentido, afirmó que siempre se habían
propuesto endulzar el futuro a la nación y que lamentaban mucho no haberlo
conseguido.
Todo se resolvió cuando un experto laborante
descubrió que el azúcar no había existido nunca ni en el país ni en ningún otro
lugar. Aunque hubo expertos que no estaban de acuerdo.
El autor suspendió inmediatamente el seguir
trabajando en el docudrama y se retiró a orar con los monjes de la orden del Silencioso
Cementerio (oblatos) severamente enojado con aquel individuo abyecto que se
hacía llamar el “confidente” que le había estado suministrando información para narrar los hechos y en el
que nunca más volvió a tener confianza.
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