sábado, 31 de agosto de 2024

COSASDELIBEX Y DE PORQUE ASESINARONA PODEMOS Y A MI EN PAARTICULAR

 

En un mitin junto a la presidenta de Andalucía días antes de las elecciones de diciembre de 2015, Felipe González expiaba a los votantes de su culpa por votar a Podemos: «No saben, los están engañando». Se refería a la naturaleza oscura del partido Podemos y sus vínculos con el partido PSUV de Venezuela, liderado por Nicolás Maduro: «Entonces utilizaron el mismo eslogan y la misma tipografía, a partir de ahí se creó este partido político —decía, aludiendo a las conexiones entre ambos partidos—. Creen en la pseudorrevolución que ha arruinado al país más rico de América Latina». Semanas después, en enero, tras la irrupción de Podemos en el Parlamento, con 69 diputados, el periodista Jiménez Losantos, cargaba de nuevo: «Podemos no es un partido político, es una banda, un movimiento en el mejor de los sentidos. Es una banda financiada por Venezuela y por Irán desde antes de su constitución», y proseguía diciendo: «Veo a Errejón, a la Bescansa, veo a la Rita Maestre y me sale el monte, no el agro, el monte, si llevo la lupara disparo. Menos mal que no la llevo».


Meses después, y anunciada ya la nueva convocatoria de elecciones para el 26 de junio de 2016, el director general de la Policía, Ignacio Cosidó, alertaba sobre la irrupción de la «izquierda totalitaria» que, de llegar al Gobierno, llevaría a «un empobrecimiento máximo de la sociedad y un recorte brutal de las libertades». Unos días después García-Margallo matizaba: «Podemos no es un peligro para la democracia, pero sí para España». Villar Mir, a pocos días de celebrarse las elecciones, daba su opinión como empresario del IBEX: «Lo que pide Podemos con expresiones marxistas-leninistas y de apoyo bolivariano no cabe en España». Explicaba su condición minoritaria, ya que «existirá siempre un pequeño porcentaje de marxistas que no cree en el mercado ni en la propiedad privada, y a veces siquiera en Dios». Finalmente, sentenciaba: «Podemos no cabe en un Gobierno, sería un desastre para la economía española».

Múltiples voces se alzaban para definir el carácter pecaminoso del grupo político, apuntando particularmente a sus líderes. El miedo y los pecados eran depositados en este partido: la «casta» se asociaba a Podemos. Algo que queda patente en el discurso de Felipe González, quien en el mitin de diciembre, se defendía de ser incluido dentro de la minoría del IBEX (fue consejero de Gas Natural), incluyendo a Podemos en otro grupo de minoría privilegiada culpable: «Cuando hablan de incompatibilidades sugiero que la primera incompatibilidad que haya para representar a nuestros ciudadanos sea asesorar a un Gobierno extranjero cobrando».

Las dos voces se acusaban de ser culpables y pecaminosos, pero ninguna era capaz de aterrizar los supuestos que los diferenciaban, y España terminaba debatiéndose entre el recelo hacia Podemos y el recelo hacia una minoría tradicionalmente privilegiada. Se apuntalaba así el discurso por el cual su condición de «minoría representante» les hacía equivalentes al resto de partidos, incluida la llamada «casta». Todo apuntaba a que los pecados de aquellos serían depositados en un carnero llamado Podemos, que sería sacrificado. Mientras tanto, el carnero IBEX, expiadas las culpas de la minoría dominante que lo controla, sería liberado. Sus pecados durante años de crisis económica habían sido borrados, y sus huellas también. Huellas que apuntaban a que esa minoría era más que un grupo reducido de personas, eran una minoría dominante. Y es que, sin querer exculpar a Podemos de sus defectos con este ejemplo (que pueden dar para un libro), hay múltiples datos que señalan el trasfondo dominante y minoritario del IBEX. Y, más allá, que esta condición dominante ha ido acrecentándose con la crisis económica, frente a un descenso de los recursos de un conjunto amplio de la población. Su culpa, no obstante, se iba disolviendo poco a poco.

En un informe de Intermón Oxfam publicado en enero de 2016, señalaban que «España es el país en el que más ha avanzado la desigualdad durante la crisis». En este informe apuntaban que «la distancia entre ricos y pobres ha crecido y en 2015 el 1 % de la población concentró tanta riqueza como el 80 % de los más desfavorecidos. La fortuna de solo veinte personas en España alcanza un total de 115.100 millones de euros». Más adelante, el informe ponía el acento en un grupo privilegiado: «No se ha conseguido remediar que 17 de las 35 empresas del IBEX 35 no paguen el impuesto de sociedades en España ni que la inversión hacia la Unión Europea cayera un 15 % en 2015 y la inversión en paraísos fiscales creciera un 2000 %». El análisis no dejaba esta situación como caso aislado: «Las 62 personas más ricas del planeta tienen tanta riqueza como la mitad de la población de escasos recursos, unos 3.600 millones de personas». Lo que le faltaba decir al análisis es que, de las 10 mayores fortunas españolas, 8 son propietarias de empresas que cotizan en bolsa, y 5 lo son de empresas del IBEX 35. Y que esas diez personas más ricas prácticamente han doblado su fortuna en los años de la crisis, de 54.008 millones en 2008 a 100.405 millones (dólares),208 lo que representa actualmente un 10 % del PIB de España.

Lo que en definitiva señalan los datos es que detrás de la crisis económica se encuentra el incremento de poder de dos grupos: grandes empresas y fortunas. Dos caras que no siempre se asocian y que apuntan a un mismo fenómeno: la concentración incesante de la riqueza en pocas manos. En España, esta concentración tiene un nombre por derecho propio: el IBEX 35, que representa el 50 % de la economía, y en cuyas moradas habitan las 5 mayores fortunas de España, que concentran el 8,5 % del PIB español (85.000 millones). Si corremos el velo técnico, de las amenazas de sus bajadas y subidas del índice, puede observarse que es algo más que un indicador: detrás de las 35 empresas hay 142 accionistas significativos (más de un 1 %) y 417 consejeros. Y, de estos últimos, 93 han tenido un alto cargo en el Estado. Ahora, suponiendo que cada accionista, como empresa independiente, lo representa un consejero delegado, tenemos en total 559 referentes del IBEX. Un número que no parece muy elevado si se tiene en cuenta que controlan empresas por valor del 50 % del PIB español. Pero ¿qué función tienen estas 559 personas que tienen voz y voto sobre este mastodonte económico?

Si tomamos en primer lugar a los 142 accionistas significativos, su objetivo es lograr la máxima rentabilidad de las empresas que cotizan en el índice. Según destaca un folleto de la empresa propietaria del IBEX (BME), «la remuneración al accionista se mantiene como seña de identidad de la Bolsa española que destaca en el ámbito mundial con una rentabilidad por dividendo del 5,2 % al cierre de 2015 de acuerdo con datos de MSCI (Morgan Stanley Capital International)». Según el estudio de Pablo Fernández y Alberto Ortiz,209 la rentabilidad media desde su fundación hasta 2014 ha sido del 10 %. Los picos más bajos fueron 2008 (-37 %) y 2010 (-13 %). No así el año de rescate financiero a España, en 2012, que se incrementó al 3 %. Luego, desde esta perspectiva, el IBEX sería un lugar donde diversos tipos de accionistas participan para lograr maximizar la ganancia. Y no solo eso, sino también lograr influir. Pues entre los accionistas podemos diferenciar varios tipos: unos con un número reducido de acciones y otros con participaciones significativas en el capital. Los primeros son los millones de españoles que buscan ensanchar sus ahorros. Los últimos, aquellos con una cantidad de acciones suficiente para tener voz y voto en el consejo de administración. Entre estos últimos podemos encontrar un largo elenco de actores: bancos, empresas, familias, fondos de inversión, cajas de ahorros, fondos de pensiones, Gobiernos, etc. De ellos, tres han dominado el conjunto del IBEX a lo largo de su historia: el Estado (1991-1996), bancos y cajas de ahorros (1996-2000), cajas de ahorros (2000-2011) y fondos de inversión (2012-). El cambio de unos a otros dueños pudiera parecer baladí, pero supone diferentes formas de entender las empresas en las que participan, no debido a diferencias culturales o sociales, sino a la propia naturaleza jurídica del accionista. No es lo mismo el Estado como accionista, que puede respaldar las pérdidas de la empresa con inyecciones de capital, compras de mayores paquetes de acciones, o sinergias con otras empresas del Estado, que una caja de ahorros, que no responde ante unos ciudadanos, sino ante una asamblea, y ante una obra social que se alimenta de sus beneficios, pero no a un accionista al que satisfacer; o unos bancos, cuya finalidad es conseguir el máximo dividendo o rentabilidad con un conjunto de participaciones para beneficio de sus propios accionistas, para lo cual no dudará en intervenir en el consejo; o, finalmente los fondos de inversión, vehículos financieros que gestionan el patrimonio de terceros, y cuya finalidad es la rentabilidad, independientemente del sector del negocio, y de la gestión, es decir, no se responsabilizan del futuro de la empresa, sí de la rentabilidad que produce para el accionista. Según este punto, el IBEX está compuesto por un conjunto de accionistas cuya naturaleza jurídica y cuyos objetivos de rentabilidad determinan el sentido del IBEX: si participa el Estado como accionista, los beneficios de sus participaciones pueden derivar a los ciudadanos, y por tanto el IBEX tiene vocación redistributiva del beneficio; las cajas de ahorros, al no tener accionistas, derivan sus beneficios a su obra social, dando una vocación patrimonial redistributiva; los bancos lo derivan principalmente a sus accionistas por medio de dividendos, y por tanto dan un sentido privado a los beneficios del IBEX, pero manteniendo la autonomía de la empresa a medio plazo; en el caso de los fondos de inversión, estos han de satisfacer a sus inversores, independientemente de los riesgos que tome la empresa y su deriva a medio plazo, pues su permanencia depende de la rentabilidad a corto plazo. Pero lo que une a todos estos casos, es que el IBEX 35 funciona como centro de extracción de excedente o beneficios para un conjunto social determinado que lo controla.

En segundo lugar, tenemos a los consejeros, los miembros del órgano de gobierno corporativo de estas empresas. Su objetivo es gestionar el rumbo de dichas empresas, y lograr maximizar sus beneficios. Los nombres de muchos de los consejeros recuerdan al pasado: Urquijo, Alba, Espinosa de los Monteros, Botín Sanz de Sautuola, Benjumea, Echavarría, Daurella, Molins, Domenecq, Del Pino, Calvo-Sotelo, March, Entrecanales, Lladó. Todos ellos apellidos que han cubierto las páginas de revistas de la alta sociedad a lo largo de todo el siglo XX. Son sagas de apellidos de familias de la alta burguesía de inicios de siglo, que perviven en las faldas del IBEX. Muchos de ellos ya no son accionistas o propietarios de empresas, otros sí. Pero todos conviven codo con codo en los consejos de administración de las empresas, muchos de ellos en varios consejos. Con ello, consiguen que el IBEX sea un bloque social más o menos homogéneo, es decir, funciona como un club social restringido. Les une el buen apellido y el nivel económico que pueden llevar, no apto para cualquiera, pues en 2014 la remuneración media de un consejero era de 318.000 euros. Si estos son consejeros ejecutivos, es decir, si cumplen una tarea de alta dirección, la remuneración media subía a 1,3 millones. Baja comparada con la recibida por los presidentes del IBEX, que alcanzaron una retribución media de 3,36 millones de euros. En consecuencia, en el IBEX conviven personas con unos ingresos similares, un apellido de larga historia, unos contactos similares, ya que coinciden unos con otros; y finalmente, un lugar privilegiado para decidir sobre el futuro de empresas que solo con su estornudo pueden tumbar la economía. Según esta acepción, el IBEX sirve de lugar de socialización, de construcción de comunidad de una clase social y económicamente poderosa.

En tercer lugar, en los consejos de administración del IBEX 35 habitan una especie de consejeros muy particulares que hacen de estas empresas un grupo singular. Son nombrados genéricamente como «políticos», y tienen en común el haber sido monjes antes que frailes, es decir, altos cargos del Estado antes que empresarios; y, en muchos casos, responsables políticos de áreas relacionadas con la empresa de destino. Estos «políticos» son a su vez una especie dividida en diversas «subespecies»: los cargos de partido, los directivos de la administración, los cuerpos del Estado, los cargos locales y autonómicos, o aquellos vinculados a Gobiernos extranjeros. No es baladí su diferenciación, pues de ello depende su forma de actuar y el tipo de «know how» (saber hacer) que proporcionan a la empresa. No es lo mismo un alto cuerpo del Estado, que ha llegado al Estado por oposición, y cuya fidelidad a la administración es una mera cuestión de pertenencia al Cuerpo,

jueves, 29 de agosto de 2024

 

EL PRELUDIO ESPAÑOL

En la parte en que la segunda guerra mundial fue realmente una lucha a favor de la democracia y en contra del fascismo, no comenzó en 1939 en Polonia, sino en España tres años antes. Fue el momento en que dio inicio una guerra popular contra la rebelión del general nacionalista Franco. Él mismo aceptaba esto en 1941, cuando dijo a Hitler que en la segunda guerra mundial, «la primera batalla se ha ganado aquí, en España».1 Desde el bando opuesto, un voluntario antifascista estadounidense escribió: «para mí, la segunda guerra mundial comenzó el 18 de julio de 1936. Fue cuando se realizó el primer disparo en Madrid».2 No es el punto de partida convencionalmente aceptado tan sólo porque los Aliados aún no habían empuñado las armas. Por tanto, a los estadounidenses que regresaron de la guerra civil española se los tachó de «antifascistas prematuros» y se los llevó ante el predecesor del Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy.3 Su crimen: oponerse a un golpe de estado que, según el periódico nacionalista El Correo Español, «está obrando (...) para liberar a Europa de esa porquería de la democracia».4

Aunque Franco era más una figura militar que un líder fascista al estilo italiano o alemán, su vínculo con el fascismo y el nazismo fue visible desde el principio. Sin los aviones Junkers 52 de Hitler para transportar soldados desde Marruecos, la rebelión podría haberse desinflado.5 Mussolini tampoco tardó en proporcionar aviones, armas y barcos.6 Los nacionalistas* («nacionales») dependieron del Eje a lo largo de toda la contienda, recibiendo municiones complementadas por 16.000 militares alemanes y 80.000 italianos.

Si bien Franco declaró su movimiento «no exclusivamente fascista», admitía, no obstante, que el fascismo era parte de él y la «inspiración del nuevo Estado».7 Los «nacionales» se hacían eco del lema nazi («Ein Reich, Ein Staat, Ein Führer») sustituyéndolo por «una patria, un Estado, un caudillo».8 Así, se ha calificado la ideología franquista de «amalgama de fascismo, corporativismo y oscurantismo religioso».9

Además, los métodos de los «nacionales» prefiguraron las políticas asesinas del Eje en el mundo. Un falangista admitía: «la represión en zona nacional se llevaba a cabo a sangre fría, con una dirección y de manera metódica».10 En Málaga, una ciudad que se entregó sin resistencia, se fusiló a 4.000 personas en una semana.11

Tan extremado y violento fue este proceso que:

Incluso los italianos y alemanes criticaban una represión tan indiscriminada, calificándola de «cortedad de miras», y sugerían que los nacionales debían reclutar trabajadores para un partido fascista en lugar de masacrarlos (...) El declive del número de fusilamientos en zona nacional en 1937 se ha atribuido también a que simplemente no quedaba nadie relevante a quien matar.12

Cuando la lucha finalmente cesó el 1 de abril de 1939, 300.000 personas yacían muertas.13

Aunque España no se unió a la coalición del Eje y permaneció oficialmente neutral, tan sólo fue así porque el país estaba completamente exhausto y Hitler no estaba dispuesto a pagar el precio que Franco exigía por la alianza. Sin embargo, éste sí que envió la División Azul, de 47.000 efectivos, a combatir junto a la Wehrmacht en Rusia.14

La guerra civil española no se libró conforme al modelo estándar de ejército contra ejército, sino al de ejército contra revolución.15 Un anarquista que pasó 20 años en las cárceles de Franco describía cómo tuvo lugar la guerra popular en Barcelona, no sólo para derrotar a los «nacionales», sino también en oposición al gobierno republicano electo que Franco buscaba derrocar.

Se esperaba el golpe de estado de los generales desde hacía meses. Todo el mundo sabía que querían derrocar a sus jefes de la República y establecer su propia dictadura, inspirada en la línea de las potencias fascistas. «El Gobierno no puede salir de ésta», había dicho todo el mundo. «Ahora tendrá que armar al pueblo.» En lugar de eso, el gobierno del Frente Popular pidió al ejército que permaneciera leal. Cuando finalmente se rebeló, devolvimos el golpe. ¡Barcelona fue nuestra en veinticuatro horas!16

Se trataba, por tanto, de una guerra popular que combinaba la resistencia contra Franco en el frente y la guerra de clases tras las líneas. Las columnas de milicianos marchaban a combatir contra el ejército rebelde, pero se enfrentaban a sus jefes cuando regresaban. En Barcelona, el 80 por ciento de las empresas se colectivizaron17 bajo un decreto que rezaba: «la victoria del pueblo significará la derrota del capitalismo».18 En diciembre de 1936 George Orwell experimentó los resultados:

La clase trabajadora tenía el poder (...) Todas las tiendas y cafeterías mostraban un cartel que indicaba que habían sido colectivizadas; se había colectivizado incluso a los limpiabotas, y se había pintado sus cajas de rojo y negro. Camareros y dependientes te miraban a la cara y te trataban como a un igual. Las formas serviles y ceremoniosas de hablar desaparecieron temporalmente... Las propinas se prohibieron por ley (...).19

Un aspecto de la guerra civil fue la transformación del papel de la mujer, una de las cuales señalaba: «las mujeres ya no eran objetos, eran seres humanos, personas al mismo nivel que los hombres (...) Éste fue uno de los avances más notables de la época (...)».20

El conflicto que comenzó en 1936 ya era, en cierto sentido, una guerra mundial. Puesto que, junto a la clase trabajadora española que combatía a Franco, Hitler y Mussolini, estaban las Brigadas Internacionales, que contaban un total de 32.000 personas de 53 países diferentes.21 El mayor contingente de voluntarios procedía de la vecina Francia, pero importantes cantidades de exiliados antifascistas de Italia y Alemania estaban enrolados en ellas. Se formaron en respuesta a una llamada de la Internacional Comunista.22 Las simpatías por la causa española inspiraron a liberales, socialistas y demócratas, aunque un 85 por ciento de brigadistas eran miembros del Partido.23 En Gran Bretaña, por ejemplo, el Partido

 

MAS DE BORCHERT

 La calle sin puertas (Draußen vor der Tür)
Wolfgang Borchert
Wolfgang Borchert nació en Hamburgo en el año 1921 y murió en 1947. Tuvo una vida intensa, marcada
por el horror de la guerra, de la que fue (no como él intentaría hacer en la obra que nos ocupa, sólo una víctima
más, una de tantas, sino) una víctima singular, ya que nunca se reprimió de expresar sus opiniones, y por ese
espíritu rebelde salió peor parado que si sólo hubiese sido uno de tantos. A los quince años, este prematuro autor,
ya escribía poemas y relatos, y a los dieciocho empezó a trabajar como aprendiz de librero por deseo de sus
padres. A los veinte comienza a trabajar en Hannover, en el teatro Landesbühne Osthannover, pero sólo por
unos meses, hasta que lo llaman para entrenarle como soldado en la unidad blindada. Después del entrenamiento
fue destinado al frente oriental, en el que fue herido en una mano y por sospechas de autolesión, condenado a
aislamiento durante tres meses. Tras cumplir este periodo, fue enviado al frente ruso, donde por una congelación
tuvieron que ingresarlo en el hospital, en el cual enfermó de tifus e ictericia. Después volvió de permiso a
Hamburgo, donde volvió a hacer teatro en Cabarets. Una vez acabado el permiso, volvió a encontrarse con su
compañía en el frente, con la esperanza de que por su enfermedad le dejasen retirarse del ejército, cosa que nunca
ocurrió, ya que debido a un soplón de su compañía, fue de nuevo arrestado por haber parodiado a Goebbels, y
retenido en prisión durante nueve meses. Tras el periodo de castigo, fue de nuevo enviado al frente occidental,
del que escapó y recorrió a pie los cerca de 600 kilómetros que lo separaban de Hamburgo. Finalmente,
consiguió llegar a casa de sus padres y por fin, dedicarse al teatro, como director y dramaturgo. Pero su salud se
lo impidió, ya que murió por la ictericia un día antes de que la obra que nos ocupa fuese estrenada, aunque pudo
escuchar una representación radiofónica que tuvo mucho éxito, el 13 de febrero del mismo año.
Su vida y obra están encuadradas en el momento de la posguerra inmediata en Alemania, en lo que se
denominó también como literatura de escombros, escrita por una generación devastada, luchando en un conflicto
generacional de culpa, volviendo de la guerra a un país al que ya no pertenecían, que había cambiado tanto que
les había hecho ser extranjeros en el mismo. Borchert influenció mucho a su vez al Gruppe 47, en el que se
incluyen escritores como Handke, Grass o Celan, y cuya literatura busca la depuración del lenguaje, borrar el
significado connotativo de la etapa nazi de la lengua alemana. El autor a su vez está influenciado sobre todo por
dos autores: Büchner, el primer expresionista, y Strindberg, el creador de los Stationendrama y del dramatismo del
yo, más subjetivo. Borchert, al que se conoce como el último expresionista, conjugó el modelo estético con la
estructura propuesta por Strindberg de modo que consiguió nuevas formas de representación, que dotaban de un
fuerte impacto emocional a la obra. Al igual que su vida, la obra de Borchert fue breve, pero fuerte e intensa.
El tema de la obra es la vuelta a casa de un repatriado, un argumento no demasiado nuevo u original,
véase La Odisea o La Ilíada, pero traído al momento justo después de la Segunda Guerra Mundial y en el espacio
de Alemania. Al tratarse de un drama expresionista, el ambiente será en todas las escenas neblinoso, con poca
luz, frío y húmedo, triste, fantasmagórico, grotesco y exagerando los rasgos de los personajes y escenografías.
Podemos advertir, desde el principio que prima el nihilismo y el derrotismo. En este sentido se posiciona
Borchert, como lo haría Büchner, en el abismo del determinismo, una forma de nihilismo intensificada hasta la
imposibilidad, hasta una situación sin salida. Este nihilismo mezclado con el expresionismo se ve claramente en
las dos primeras “escenas” de la obra, que no lo son, ya que se llaman Prólogo y El sueño, como una declaración de
principios antes de comenzar. En el Prólogo vemos el estado de las cosas, cómo la muerte lo domina
absolutamente todo y está muy por encima de Dios, que ya no tienen nada que hacer en el mundo de los
hombres. Es una escena eminentemente nihilista, en la que la muerte es lo único cierto. Tras este Prólogo, el autor
hace una suerte de zoom in de la situación para centrarse en el estado de ánimo del protagonista, que además
caracteriza como uno entre tantos, dándole un apellido común como única forma de denominación, pero a la vez
volcando en él muchas de sus propias experiencias vitales. De esta forma crea una obra que se acerca a la
autobiografía, pero con una intención de reflejar un estado vital generalizado en su generación. En este sueño, la
figura del Elba (femenino en la lengua original, y por ello, marcado con connotaciones maternales, de vida y
fecundidad) hace que se equilibre en cierto modo este culto por la muerte que declama el protagonista, es un
personaje que encarna la esperanza, aunque no de forma amable.
El título también introduce este sentimiento general que personifica el protagonista, una traducción
literal de éste sería: “afuera, delante de la puerta”, que refleja la situación de los repatriados, no están ya ni fuera
ni dentro de la sociedad a la que pertenecían antes de la guerra, sus mujeres, al ver que no regresaban han
rehecho sus vidas, sus padres han desaparecido, y todo el país ha cambiado mientras ellos han de soportar llevar
todavía en su bagaje los horrores y la culpa de la guerra. Con este simbolismo de las puertas y el binomio
dentro/fuera (uno de tantos en los que Borchert se basa para ayudar al desarrollo y la significación de la obra),
hace que todas las escenas/estaciones comiencen con un ruido de puertas, abriendo y cerrándose. Ha elegido
cinco puertas representativas en el intento de volver a entrar y dejar de estar fuera, cinco instantes de la Alemania
de posguerra vista desde los ojos de un soldado que vuelve.
Encuentro interesante introducir aquí la teoría desarrollada por Peter Szondi con respecto al
Stationendrama, en su ensayo sobre August Strindberg. Al hablar de la sucesión de las escenas, Szondi apunta:
“Las diversas escenas no se encuentran entre sí en relación causal, ni se generan mutuamente como en el
drama. Aparecen por el contrario, como hitos aislados y alineados al hilo del progreso del yo. El estatismo y
la carencia de futuro que las dotan (en el sentido de Goethe) de carácter épico se encuentran en estrecha
relación con la propia estructura de las escenas, presidida por el antagonismo perspectivizado que pueda
darse entre el yo y el mundo.”1
1 Szondi, Peter. Teoría del drama moderno. Tentativa sobre lo trágico. Barcelona, Destino. 1994.
Es exactamente así como vemos el desarrollo de las escenas en La calle sin puertas, en ellas, siempre es por
la tarde, por lo tanto no tienen sucesión lógica, porque además aparecen cinco escenas en la tarde y Beckmann, el
protagonista, sólo hace dos días que regresó, y siempre están sujetas únicamente a esta búsqueda de estar en el
mundo que le rodea, y es el mundo el que va a ir cerrándole una puerta tras otra, ni siquiera son los personajes
los que manejan las puertas. Esta dialéctica que se establece entre el mundo y Beckmann se muestra
paralelamente al desarrollo del segundo, con el fuera y el dentro busca un lugar donde estar. Con el hacia delante
y hacia atrás (apuntado en la primera escena en el diálogo con la Muchacha), intenta por todos los medios seguir
avanzando y no sucumbir a sus deseos de suicidio. El optimismo contra el pesimismo, ambos encarnados el
primero en Beckmann y el segundo en el Otro, que actúa como doppelgänger bueno del protagonista, como su
conciencia, enseñándole las razones para seguir adelante. La vida y la muerte, entre las que se debate Beckmann,
y el sueño y la realidad, que se intercalan a la hora de hacer avanzar la acción y de crear más dramatismo y
emoción.
De nuevo tomando a Szondi, con respecto a los personajes éste desarrolla:
“La preocupación primordial del dramaturgo subjetivista es cómo aislar y elevar respecto a los demás a su
personaje central, que generalmente no es sino una encarnación de sí mismo. La forma dramática, regida por
el logro de un constante equilibrio en las actuaciones no puede dar satisfacción a tal exigencia sin perecer en
el empeño. En el Stationendrama el protagonista cuya evolución se describe queda nítidamente deslindado de
los personajes con quienes va tropezando en las estaciones de su senda. Al aparecer siempre en escena en
compañía del principal, esos personajes se presentan sobre el plano de su perspectiva y referidos a él. […]
Lo seres con los que se encuentra son a la vez, él mismo y ajenos a él, siendo en su condición de sí mismo
como le resultarán más ajenos. Los personajes extraños con los que tropieza son a menudo registros de su
propio pasado.”2
Efectivamente Beckmann está presente en toda la obra, con su presencia esperpéntica, de un recién
llegado de la guerra que todavía tiene en él todos sus símbolos (gafas de careta antigás, atuendo militar), y que no
quiere salir todavía de ella (al contrario de la gente que lo rodea, que además desea que él salga de ella) porque no
quiere lavarse las manos tan pronto, todavía se siente culpable y en su interior resuenan esos ecos. Él es a la vez
víctima y verdugo de la situación de la que acaba de llegar. Y los personajes con los que se encuentra sólo tienen
sentido por él y por su situación. Y tal y como apunta Szondi, éstos son registros de su pasado. La Muchacha le
recuerda la situación vivida por él mismo con su mujer. El Coronel le recuerda la guerra y es la única escapatoria
que le queda para librarse de su culpabilidad. El Director de la compañía de teatro es más biográfico, se refiere
más a Borchert que a Beckmann y no sólo es un registro del pasado, sino del futuro, y de un futuro
desesperanzador, porque no le da oportunidad a Beckmann de que se salve mediante el teatro. La señora Kramer
está ahí porque sus padres ya no están, de forma que es un presente negando el pasado y a la vez el futuro y de
nuevo la esperanza de ser acogido en un seno.
Este drama de estaciones es clave para entender la época en la que estuvo escrito y el sentimiento que
2 Ibíd.
reinaba en Alemania entonces. Beckmann es el portavoz de una generación, y La calle sin puertas presenta una
metáfora de toda Alemania, que ha dejado de ser la casa de todos. Es también un grito, una expresión emocional y
la reclamación de un cambio de mentalidad. A pesar de tener un prólogo, no acaba con un epílogo, porque
Borchert deseaba dejar un final abierto que nos puede llevar por tres caminos filosóficos de pensamiento: el
nihilismo (la no-respuesta), el existencialismo (ser consciente de que después de la muerte no hay nada, y sentir
eso como un empuje hacia la vida) o la esperanza (la espera de una respuesta).