viernes, 28 de agosto de 2015

EL INGENIERO EN EL ASFALTO



No es que actualmente tengan mucha costumbre de pisarlo.

Una forma de comenzar es afirmando (de firme) que es tan difícil ver a un ingeniero en el asfalto como a un político en la calle. Ninguno visita la realidad que le concierne.

No voy, pero lo hago, a entrar en la simplificación de que el político es del PP (una especie de político en extinción de larga agonía) y el ingeniero es un profesional curtido en estudiar las carreteras.

Hace mucho que no van si es que alguna vez fueron a visitar una carretera enferma. Las carreteras son consecuentes los ingenieros no lo son.

Aquellas evolucionan de un estado a otro, siempre de mejor (recién construidas) a peor, generalmente debido a su uso y también a su abandono. 
Y es que a las carreteras ni se las conoce ni se les atiende.

Ni el ingeniero más esmerado posee, ni puede obtener un dossier informativo y completo de su vida y circunstancias (¿Cuándo se construyó, y quien la construyó?, encontrar las incidencias e historia de su ejecución, hallar datos sistemáticos sobre la evolución de su comportamiento etc., etc.[Ramon Cre1] ).

Nada de eso existe, y si en algún caso lo hubiera está guardado en el arcano de algún petimetre inconsistente que ni siquiera sabe que significa arcano, ni tampoco petimetre.

Tampoco el ingeniero esmerado puede saber (fácilmente) cuanto le ha llovido, ni nevado, ni saber (en primera instancia) el tipo de terreno que atraviesa y mucho menos los vehículos que la han pisado, sobre todo los tipos y cargas los camiones que las han utilizado, así que se ve bastante constreñido en averiguar cómo ha sido su vida de servicio.

Que se le va a hacer. Así es la vida profesional del ingeniero esmerado (que los hay).

Partiendo de la base y la desidia de un elevado tanto por ciento de los ingenieros que responden cero a su responsabilidad. Los ingenieros esmerados (seres excepcionales, por lo escasos) que tratan de atender y entender cómo nació y ha vivido la carretera que le corresponde estudiar y como ha llegado a tal estado (sea este cual fuere) aunque siempre suele ser un estado de profunda degradación (prácticamente igual que los políticos y la política de este país).

Lo primero que piensa y tiene elevada probabilidad de acertar, es que hay tongo y cuanto mayor sea la degradación que presenta la carretera mayor habrá sido el beneficio acumulado por el constructor correspondiente (fuere este cual fuere). 

Pero la constatación de esta cuestión no le sirve para nada, ni le produce alivio alguno, pues es bien conocido que el dinero público (de todos) tiene la costumbre de pasar a manos privadas y privilegiadas y el delito siempre es improbable (es decir, que no se puede probar) y el dinero empleado se convierte y revierte en dinero particular para los grandes constructores, que a su vez lubrican con esmeradas y frecuentes “donaciones” a los políticos de turno (ora turno PP, ora turno PSOE), a modo de agradecimiento por los servicios prestados (Y por las adjudicaciones concedidas) ante la indolencia e impotencia (o connivencia) de los funcionarios  y el pasmo y la ignorancia de los ciudadanos. Que no pueden saber, ni imaginar, porque están en tan mal estado sus carreteras.

El ingeniero esmerado y honesto a veces no es tan profesional y actúa (o le obligan a actuar) con acuerdo a principios y normas obsoletas, que no se corresponden con el conocimiento actual de la materia. Además, debe ser prudente porque si no será tildado de antisistema y esmirriado. 

Aunque no debe olvidar que sin osadía y discernimiento no hay progreso.

Pero uno no se descornado con todo este palabrerío sobre una realidad tan compleja, sin proponer una idea que me ha surgido recientemente. 

Se trata desmontar la costumbre tan arraigada de separar y como independientes las características superficiales de las características estructurales en base a los siguientes ítems:
El firme de una carretera es un todo.
La inspección visual tradicional no se practica y la inspección visual informatizada por muy eficiente que llegue a ser, que está por ver, no permite (en el mejor de los casos) apreciar más que lo que el monitor enseña y no se puede apreciar los olores y sabores de la carretera.

Los tipos de deterioros son demasiado numerosos siempre de incierto origen (en el tiempo) y también de desconocida causa o motivo.
El bache, blandón o destrozo suele tardar en evidenciarse y si ya se ha producido, aviados estamos.

La querida deflexión es inútil de medir, sino es con deflectómetro de impacto (Falling weight Deflectometer, para anglófilos pedantes) manque les pese a algunos, pero a la vez es necesariamente escasa en representatividad, lenta, engorrosa y por añadidura cara, alterando continuamente el devenir circulatorio.

Por otra parte, y siempre en mi opinión, el IRI y aun mejor sus posibles derivados y mejoras, puede constituirse en un indicador total (o global, como se dice ahora, con ese desparpajo tan inherente al desperdicio nacional) del estado de una carretera siempre que se practique y se valore de forma sistemática y frecuente (por ejemplo, cada 6 meses) y durante un tiempo y con un método estadístico honrado se compare con la deflexión para establecer correlaciones de sustitución (o en su caso, aseverar como dislate la proposición). 

Desde luego el relator de estas reflexiones puede, en consecuencia, ser tildado de populista, canalla rencoroso, antiespañol o izquierdista trasnochado y cualquier otro epíteto descalificativo que la prensa nacional y los medios partidarios permitan imaginar, pero lo que queda como un hecho injustificable y permanente es el lamentable estado actual de la(s) Red(es) de Carreteras Españolas. 

lunes, 17 de agosto de 2015

UN DÍA PERDIDO



En realidad debería haber escrito se me perdió un día. 

          Así sucedió me acosté un viernes y me desperté, después dormir poco como siempre, el domingo. El sábado había desaparecido de mi memoria, de mi recuerdo de mi vida, no existía nada que me hiciera sentir algo sobre el sábado.

Debía recuperarlo o por lo menos intentarlo

          Según fui averiguando había sido un sábado más, del  montón con su partido de futbol, su eliminatoria de semifinales de un Master 1000 y la desaparición de unas centenas de emigrantes en el Mediterráneo.

          Poco a poco tras prolijas reflexiones y arduas investigaciones y la contratación de un D.P. y menuda factura me pasó el Detective Privado al que llamaban Buscadias el Galante por lo atildado y peripuesto que vestía cuando trabajaba y también Buscavidas el Haragán por lo sucio, greñudo y desastrado de su aspecto en los días de holganza.

          Pero ni Buscadías ni Buscavidas a pesar de sus pesquisas no encontró nada sobre mí y el sábado perdido. No hubo pan, ni periódico, ni compra en el súper que pudiera indicar o demostrar que la pérdida del sábado había sido una pérdida de memoria, o un olvido, o un ataque de melancolía. Nada de eso me había ocurrido el sábado había muerto, desaparecido para siempre.

          Pregunté a familiares, amigos, vecinos, transeúntes si alguien me había visto el sábado en algún lugar o circunstancia, ninguno pudo o quiso decirme nada de mi mismo en aquel día.

          Pensé entonces que cuando se acabara mi vida debería solicitar una prórroga de un día por el sábado no encontrado, no vivido. Reflexione sobre el asunto para tratar de argumentar sólidamente mi reclamación, la reflexión casi un examen de conciencia me sirvió para descubrir la verdad.

          De repente comprendí que lo del sábado perdido no era más que un día más de los muchos que había perdido en mi vida. Supe enseguida que eran decenas de miles, basándome en que si 3 años eran mil días, 60 años eran 20.000 días, los días perdidos, los días olvidados, los días vividos sin saber que estaba vivo. Nunca había escrito un diario que pudiera haberme ayudado a fijar hechos y fechas. No tenía referencia alguna para situar vida en el pasado lo que aunque fuera desconcertante, tampoco me iba a servir para mucho.

          Mi memoria no era mala me acordaba de  30 o 40 efemérides, el día que me case con su fecha y su lluvia, el día del asesinato de Kennedy. -Qué demonios me importaría a mi Kennedy-, el nacimiento de mi primer hijo, la muerte de Franco que más que importarme me produjo alivio e incertidumbre, tenía inoculado el silencio, veía la cara pasmada de Carlos Arias compungido comunicando por la TV en blanco y negro su alelado “Franco ha Muerto”, la hepatitis del 23F, el día que vi por vez primera “Centauros del desierto” y otras simplezas más.

          Pero lo más importante y desconcertante era comprobar cómo y que rápido se olvida la vida. No tenía ni idea de que hice ni a donde fui ni que comí, ni que ropa llevaba, ni si me había afeitado, ni que pensé, ni que sentí el 25 de septiembre de 1965 o el 16 de abril de 1988 o el mismísimo sábado perdido y nunca recuperado. Y lo mismo me ocurría con otras veintitantas mil fechas, sabía el día pero no sabía nada de mí. Y al no saber nada de mí no sabía nada de nadie.

          Eran tantos los días inútiles que decidí que iba a pedir permiso para vivir otra vida pero no sabía a quién hacerlo ni a donde dirigirme.

          A los pocos días pase por la oficina del censo, por un banco a ver si prestaban vidas y con qué interés, fui donde expiden documentos de DNI y por la delegación de hacienda, incluso escribí una carta al defensor del pueblo. Pero todo fue inútil.

         Y aquí me  tienen convertido en, un anónimo, en un apátrida, en un sin papeles, sin pasado y con un futuro incierto.

martes, 4 de agosto de 2015

GOBERNAR ENCANALLA




Gobernar siempre encanalla, uno es uno antes de gobernar y otro después de hacerlo. Siempre el “otro” es peor que el “uno” que fue. Cosas del gobernar.

              
              Algunos  se encanallan más y otros menos, siempre son más los que se encanallan más y son menos los que se encanallan menos. Es lo que sucede entre canallas.

               En un sistema democrático el que gobierna debe de dar explicaciones, incluso en una democracia tan falsa y ruin como la de España. 


               Aquí el que gobierna se suele limitar a engañar, mentir y robar al gobernado. Lo hace con descaro, desprecio y avaricia, tomando al gobernado por estúpido (lo que muchos suelen ser) y por ignorantes (que suelen serlo mucho, en cantidad de ignorancia y muchos más en cantidad de ignorantes).


               También el gobernante suele apoyarse en sus fieles (es decir, que tienen fe en lo que dice y  que no suelen ser demasiados) y en los leales que son bastantes más y por razones diversas, la mayor parte de ellas conspicuas y económicas.


             Con esos principios se gobierna, aunque se proclama con emoción y tronío y sin ruborizarse que solo le interesa el “Interés General”, aunque se debería decir el “interés del General”.


               Generales suele haber bastantes, aunque en España el importante y que gobierna después de muerto y por delegación, es el que ustedes (si han llegado hasta aquí) suponen.


               El general Franco fallecido de muerte natural hace 40 años y sin embargo su herencia, legado e impronta a, para y en los españoles, se ha transmitido genéticamente y sigue presente y funcionando.


               Aunque muchos no lo vean, no lo crean, o no lo consideren.


               El término “franquista” tiene mala prensa, muchas connotaciones y ninguna buena; casi ninguno de los franquistas se reconoce como tal y aún menos se proclama y ufana de ello.


               El mal concepto que existe se debe a diversas causas y motivaciones. El franquista puro ya no relumbra, se ha disfrazado de demócrata. No reivindica la Dictadura de Franco ya que ese leguaje no gusta al pueblo llano al que le mola más el término Democracia.  


               Por ello es bueno recordar y remarcar las palabras que dijo el Presidente de las Cortes. Alejandro Rodríguez Valcárcel  (22 noviembre 1975).

               Después de hacer jurar al imberbe Borbón  por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del reino  y guardar lealtad a los principios que informan el movimiento nacional”, añadió  concluyente “, Señores procuradores, señores consejeros  Desde la emoción en el recuerdo a Franco: Viva el Rey, Viva España.


               Emocionante y terrible como se sella el destino de una nación.


               Ya el 22 de junio de 1969 Franco le había dicho al pueblo español “que vista las condiciones que concurren en la persona del príncipe don Juan Carlos de Borbón y Borbón He decidido proponerle a la patria como mi sucesor.


               Ándale tú que chulillo y que mandón era aquel señor.


               Con el Rey Juan Carlos de Borbón”, se comenzaba a escribir una nueva página en la misérrima, triste y desafortunada Historia de España.


               La historia no se detiene y el tiempo aun lo hace menos, así que el muerto al hoyo y el vivo al chollo.


               En definitiva se establece la vigencia de la sabia frase de Lampedusa: “Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”. Y así ha sido y así sigue siendo.


               Mandan los de siempre como, -por citar un ejemplo-, el inefable Banco de Santander que sigue siendo el Banco de Santander, y que fue fiel servidor de la dictadura de F y sigue siendo el mayor y más enriquecido banco de la democracia de R (y anteriores), aunque en realidad es el botín de los Botines, rancia familia de toda la vida, tan orgullosa de presumir de sus beneficios. Los mismos perros con diferente collar y mucho más ricos.


               También sigue opinando y pontificando el ABC el periódico de siempre fundado en 1903 una época en la que no había nacido ni Jesucristo,  y ya el día 2 de abril de 1939 su portada anunciaba el día de la victoria (de Franco sobre la republica) y así hasta hoy difamando mintiendo, engañando, disfrazando la verdad de mentira y la mentira de verdad, en fin lo propio de esta gente triunfadora. Ser periodista en el ABC es como ser una sucia rata en una cueva de hienas.


               Se comenzaba a diseñar la modélica transición española entre el miedo acumulado (durante 40 años), la esperanza expectante y mal informada (por favor, que no resucite) y la “nueva clase política formada por alevines y traidores.” Los unos traidores a sus esencias y las obediencias debidas franquistas (el gran traidor fue Fraga, un mal nacido de mala madre) y los otros traidores a sus principios socialistas y comunistas y como seres humanos de defender y luchar por la dignidad, la decencia, la justicia y verdad en la gobernación (Santiago Carrillo y Felipe González, cada uno más canalla que el otro, dos grandes traidores, dos malos españoles y dos deficientes morales). Esos tres personaje de la transición que nunca debieron haber nacido, ni a la política, ni a la vida (pura basura humana) instrumentaron (con la ayuda de otros especímenes) la transición y  engañaron hasta la saciedad a la sociedad de aquellos años esperanzadores, convulsos y desconcertantes, en los que el engaño se convirtió en un arte y la indignidad en beneficio.

  
             Pero estamos en el año 2015 y han pasado 40 años desde la muerte de aquel señor, en total 80 años, 40 de dictadura, 40 de engaño obligatorio y otros 40 de democracia, 40 de engaño voluntario. 


               Durante los 40 primeros se mataba mogollón con fusil y mosquetón y en los 40 segundos se elimina al personal por la vía laboral y si molesta o no es leal se le excluye con defunción moral. Franco mataba a lo bestia y ahora se destruye lo crucial, la dignidad individual. Realmente no se cual es más despiadado si los fusilados por Franco o los excluidos y estigmatizados por la democracia PPPSOE.


               Parecerá un sofisma, pero no lo es.  Aquel era más franco se mataba al rojo, este más hipócrita se elimina al pobre, emigrante o nacional.


               La vida no es como nos contaron es como unos gobernantes miserables nos la montaron.


               Por ningún motivo o estimulo deseo gobernar.


               En estas ocasiones en que redescubro quien soy y quien he sido, siempre recuerdo aquella preciosas estrofas del poema del gran Manuel Alcántara “De mí una guitarra”

                              “Cuando termine la muerte,

                              si dicen: "¡A levantarse!",

                              a mí que no me despierten”.

                              “Que por mucho que lo piense,

                              yo no sé lo que me espera

                              cuando termine la muerte”.

                              Cuando termine la muerte

                              a mí que no me despierten.