lunes, 17 de agosto de 2015

UN DÍA PERDIDO



En realidad debería haber escrito se me perdió un día. 

          Así sucedió me acosté un viernes y me desperté, después dormir poco como siempre, el domingo. El sábado había desaparecido de mi memoria, de mi recuerdo de mi vida, no existía nada que me hiciera sentir algo sobre el sábado.

Debía recuperarlo o por lo menos intentarlo

          Según fui averiguando había sido un sábado más, del  montón con su partido de futbol, su eliminatoria de semifinales de un Master 1000 y la desaparición de unas centenas de emigrantes en el Mediterráneo.

          Poco a poco tras prolijas reflexiones y arduas investigaciones y la contratación de un D.P. y menuda factura me pasó el Detective Privado al que llamaban Buscadias el Galante por lo atildado y peripuesto que vestía cuando trabajaba y también Buscavidas el Haragán por lo sucio, greñudo y desastrado de su aspecto en los días de holganza.

          Pero ni Buscadías ni Buscavidas a pesar de sus pesquisas no encontró nada sobre mí y el sábado perdido. No hubo pan, ni periódico, ni compra en el súper que pudiera indicar o demostrar que la pérdida del sábado había sido una pérdida de memoria, o un olvido, o un ataque de melancolía. Nada de eso me había ocurrido el sábado había muerto, desaparecido para siempre.

          Pregunté a familiares, amigos, vecinos, transeúntes si alguien me había visto el sábado en algún lugar o circunstancia, ninguno pudo o quiso decirme nada de mi mismo en aquel día.

          Pensé entonces que cuando se acabara mi vida debería solicitar una prórroga de un día por el sábado no encontrado, no vivido. Reflexione sobre el asunto para tratar de argumentar sólidamente mi reclamación, la reflexión casi un examen de conciencia me sirvió para descubrir la verdad.

          De repente comprendí que lo del sábado perdido no era más que un día más de los muchos que había perdido en mi vida. Supe enseguida que eran decenas de miles, basándome en que si 3 años eran mil días, 60 años eran 20.000 días, los días perdidos, los días olvidados, los días vividos sin saber que estaba vivo. Nunca había escrito un diario que pudiera haberme ayudado a fijar hechos y fechas. No tenía referencia alguna para situar vida en el pasado lo que aunque fuera desconcertante, tampoco me iba a servir para mucho.

          Mi memoria no era mala me acordaba de  30 o 40 efemérides, el día que me case con su fecha y su lluvia, el día del asesinato de Kennedy. -Qué demonios me importaría a mi Kennedy-, el nacimiento de mi primer hijo, la muerte de Franco que más que importarme me produjo alivio e incertidumbre, tenía inoculado el silencio, veía la cara pasmada de Carlos Arias compungido comunicando por la TV en blanco y negro su alelado “Franco ha Muerto”, la hepatitis del 23F, el día que vi por vez primera “Centauros del desierto” y otras simplezas más.

          Pero lo más importante y desconcertante era comprobar cómo y que rápido se olvida la vida. No tenía ni idea de que hice ni a donde fui ni que comí, ni que ropa llevaba, ni si me había afeitado, ni que pensé, ni que sentí el 25 de septiembre de 1965 o el 16 de abril de 1988 o el mismísimo sábado perdido y nunca recuperado. Y lo mismo me ocurría con otras veintitantas mil fechas, sabía el día pero no sabía nada de mí. Y al no saber nada de mí no sabía nada de nadie.

          Eran tantos los días inútiles que decidí que iba a pedir permiso para vivir otra vida pero no sabía a quién hacerlo ni a donde dirigirme.

          A los pocos días pase por la oficina del censo, por un banco a ver si prestaban vidas y con qué interés, fui donde expiden documentos de DNI y por la delegación de hacienda, incluso escribí una carta al defensor del pueblo. Pero todo fue inútil.

         Y aquí me  tienen convertido en, un anónimo, en un apátrida, en un sin papeles, sin pasado y con un futuro incierto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario