En realidad debería haber escrito se me
perdió un día.
Así
sucedió me acosté un viernes y me desperté, después dormir poco como siempre,
el domingo. El sábado había desaparecido de mi memoria, de mi recuerdo de mi
vida, no existía nada que me hiciera sentir algo sobre el sábado.
Debía recuperarlo o por lo menos intentarlo
Según
fui averiguando había sido un sábado más, del montón con su partido de futbol, su
eliminatoria de semifinales de un Master 1000 y la desaparición de unas
centenas de emigrantes en el Mediterráneo.
Poco
a poco tras prolijas reflexiones y arduas investigaciones y la contratación de
un D.P. y menuda factura me pasó el Detective Privado al que llamaban Buscadias el Galante por lo atildado y
peripuesto que vestía cuando trabajaba y también Buscavidas el Haragán por lo sucio, greñudo y desastrado de su
aspecto en los días de holganza.
Pero
ni Buscadías ni Buscavidas a pesar de sus pesquisas no encontró nada sobre mí y
el sábado perdido. No hubo pan, ni periódico, ni compra en el súper que pudiera
indicar o demostrar que la pérdida del sábado había sido una pérdida de memoria,
o un olvido, o un ataque de melancolía. Nada de eso me había ocurrido el sábado
había muerto, desaparecido para siempre.
Pregunté
a familiares, amigos, vecinos, transeúntes si alguien me había visto el sábado
en algún lugar o circunstancia, ninguno pudo o quiso decirme nada de mi mismo
en aquel día.
Pensé
entonces que cuando se acabara mi vida debería solicitar una prórroga de un día
por el sábado no encontrado, no vivido. Reflexione sobre el asunto para tratar
de argumentar sólidamente mi reclamación, la reflexión casi un examen de
conciencia me sirvió para descubrir la verdad.
De
repente comprendí que lo del sábado perdido no era más que un día más de los
muchos que había perdido en mi vida. Supe enseguida que eran decenas de miles,
basándome en que si 3 años eran mil días, 60 años eran 20.000 días, los días
perdidos, los días olvidados, los días vividos sin saber que estaba vivo. Nunca
había escrito un diario que pudiera haberme ayudado a fijar hechos y fechas. No
tenía referencia alguna para situar vida en el pasado lo que aunque fuera
desconcertante, tampoco me iba a servir para mucho.
Mi
memoria no era mala me acordaba de 30 o
40 efemérides, el día que me case con su fecha y su lluvia, el día del
asesinato de Kennedy. -Qué demonios me importaría a mi Kennedy-, el nacimiento
de mi primer hijo, la muerte de Franco que más que importarme me produjo alivio
e incertidumbre, tenía inoculado el silencio, veía la cara pasmada de Carlos
Arias compungido comunicando por la TV en blanco y negro su alelado “Franco ha
Muerto”, la hepatitis del 23F, el día que vi por vez primera “Centauros del
desierto” y otras simplezas más.
Pero
lo más importante y desconcertante era comprobar cómo y que rápido se olvida la
vida. No tenía ni idea de que hice ni a donde fui ni que comí, ni que ropa
llevaba, ni si me había afeitado, ni que pensé, ni que sentí el 25 de
septiembre de 1965 o el 16 de abril de 1988 o el mismísimo sábado perdido y
nunca recuperado. Y lo mismo me ocurría con otras veintitantas mil fechas, sabía
el día pero no sabía nada de mí. Y al no saber nada de mí no sabía nada de
nadie.
Eran
tantos los días inútiles que decidí que iba a pedir permiso para vivir otra
vida pero no sabía a quién hacerlo ni a donde dirigirme.
A
los pocos días pase por la oficina del censo, por un banco a ver si prestaban
vidas y con qué interés, fui donde expiden documentos de DNI y por la
delegación de hacienda, incluso escribí una carta al defensor del pueblo. Pero
todo fue inútil.
Y
aquí me tienen convertido en, un anónimo,
en un apátrida, en un sin papeles, sin pasado y con un futuro incierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario