No es que actualmente tengan mucha
costumbre de pisarlo.
Una forma de comenzar es afirmando (de
firme) que es tan difícil ver a un ingeniero en el asfalto como a un político
en la calle. Ninguno visita la realidad que le concierne.
No voy, pero lo hago, a entrar en la
simplificación de que el político es del PP (una especie de político en
extinción de larga agonía) y el ingeniero es un profesional curtido en estudiar
las carreteras.
Hace mucho que no van si es que alguna
vez fueron a visitar una carretera enferma. Las carreteras son consecuentes los
ingenieros no lo son.
Aquellas evolucionan de un estado a
otro, siempre de mejor (recién construidas) a peor, generalmente debido a su
uso y también a su abandono.
Y es que a las carreteras ni se las
conoce ni se les atiende.
Ni el ingeniero más esmerado posee, ni
puede obtener un dossier informativo y completo de su vida y circunstancias
(¿Cuándo se construyó, y quien la construyó?, encontrar las incidencias e
historia de su ejecución, hallar datos sistemáticos sobre la evolución de su
comportamiento etc., etc.[Ramon Cre1] ).
Nada de eso existe, y si en algún caso
lo hubiera está guardado en el arcano de algún petimetre inconsistente que ni
siquiera sabe que significa arcano, ni tampoco petimetre.
Tampoco el ingeniero esmerado puede
saber (fácilmente) cuanto le ha llovido, ni nevado, ni saber (en primera
instancia) el tipo de terreno que atraviesa y mucho menos los vehículos que la
han pisado, sobre todo los tipos y cargas los camiones que las han utilizado,
así que se ve bastante constreñido en averiguar cómo ha sido su vida de
servicio.
Que
se le va a hacer. Así es la vida profesional del ingeniero esmerado (que los hay).
Partiendo de la base y la desidia de un
elevado tanto por ciento de los ingenieros que responden cero a su
responsabilidad. Los ingenieros esmerados (seres excepcionales, por lo escasos)
que tratan de atender y entender cómo nació y ha vivido la carretera que le
corresponde estudiar y como ha llegado a tal estado (sea este cual fuere)
aunque siempre suele ser un estado de profunda degradación (prácticamente igual
que los políticos y la política de este país).
Lo primero que piensa y tiene elevada
probabilidad de acertar, es que hay tongo y cuanto mayor sea la degradación que
presenta la carretera mayor habrá sido el beneficio acumulado por el
constructor correspondiente (fuere este cual fuere).
Pero la constatación de esta cuestión no
le sirve para nada, ni le produce alivio alguno, pues es bien conocido que el
dinero público (de todos) tiene la costumbre de pasar a manos privadas y
privilegiadas y el delito siempre es improbable (es decir, que no se puede
probar) y el dinero empleado se convierte y revierte en dinero particular para
los grandes constructores, que a su vez lubrican con esmeradas y frecuentes
“donaciones” a los políticos de turno (ora turno PP, ora turno PSOE), a modo de
agradecimiento por los servicios prestados (Y por las adjudicaciones
concedidas) ante la indolencia e impotencia (o connivencia) de los
funcionarios y el pasmo y la ignorancia
de los ciudadanos. Que no pueden saber, ni imaginar, porque están en tan mal
estado sus carreteras.
El
ingeniero esmerado y honesto a veces no es tan profesional y actúa (o le
obligan a actuar) con acuerdo a principios y normas obsoletas, que no se
corresponden con el conocimiento actual de la materia. Además, debe ser
prudente porque si no será tildado de antisistema y esmirriado.
Aunque no debe olvidar que sin osadía y
discernimiento no hay progreso.
Pero uno no se descornado con todo este
palabrerío sobre una realidad tan compleja, sin proponer una idea que me ha
surgido recientemente.
Se trata desmontar la costumbre tan
arraigada de separar y como independientes las características superficiales de
las características estructurales en base a los siguientes ítems:
El firme de una carretera es un todo.
La inspección visual tradicional no se
practica y la inspección visual informatizada por muy eficiente que llegue a
ser, que está por ver, no permite (en el mejor de los casos) apreciar más que
lo que el monitor enseña y no se puede apreciar los olores y sabores de la
carretera.
Los tipos de deterioros son demasiado
numerosos siempre de incierto origen (en el tiempo) y también de desconocida
causa o motivo.
El bache, blandón o destrozo suele
tardar en evidenciarse y si ya se ha producido, aviados estamos.
La querida deflexión es inútil de medir,
sino es con deflectómetro de impacto (Falling weight Deflectometer, para
anglófilos pedantes) manque les pese a algunos, pero a la vez es necesariamente
escasa en representatividad, lenta, engorrosa y por añadidura cara, alterando
continuamente el devenir circulatorio.
Por otra parte, y siempre en mi opinión,
el IRI y aun mejor sus posibles
derivados y mejoras, puede constituirse en un indicador total (o global,
como se dice ahora, con ese desparpajo tan inherente al desperdicio nacional)
del estado de una carretera siempre que se practique y se valore de forma
sistemática y frecuente (por ejemplo, cada 6 meses) y durante un tiempo y con
un método estadístico honrado se compare con la deflexión para establecer
correlaciones de sustitución (o en su caso, aseverar como dislate la
proposición).
Desde luego el relator de estas
reflexiones puede, en consecuencia, ser tildado de populista, canalla
rencoroso, antiespañol o izquierdista trasnochado y cualquier otro epíteto
descalificativo que la prensa nacional y los medios partidarios permitan
imaginar, pero lo que queda como un hecho injustificable y permanente es el
lamentable estado actual de la(s) Red(es) de Carreteras Españolas.
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