Aquí sigo
atrapado en la incómoda posición de inválido, sentado en una silla sin apenas
poder mover mi mitad inferior y todo ello sin ningún mérito, podía ser inválido
de guerra, pero no, ni siquiera poseía la condición de inválido civil
reconocido, solo invalido, a secas sin atributos y todo ello a pesar de haber llegado ya hace
unos días al infinito.
Digamos que no
fue fácil, pero tampoco es para simular una grandeza que no corresponde. Digamos
sencillamente que llegue al infinito y aquí estoy.
Cuando llegue quedé
ciertamente sorprendido por el hecho de haber llegado al infinito y lo primero que anoté es que en contra de lo que siempre había pensado el infinito
era romo y no puntiagudo, como uno se lo debe imaginar según los postulados de Witzak, las opiniones de Leibnitz y sobre todo en el importante estudio de
Gauss denominado “Sobre el pródigo e
inmarcesible infinito, su profundidad y probable dimensiones”. Un tocho de más de 1200 páginas lleno de ecuaciones incompresibles para la mayoría,
o por lo menos para mí.
Pero volviendo a
la realidad del momento vigente, afirmo y asevero con la contundencia de la realidad observable que el
infinito es romo y no agudo, pues así lo he constatado nada más llegar pasando la mano por el borde; pero por
otra parte el infinito es amplio y espacioso y de una profundidad desmesurada,
se diría, si no fuera un absurdo, de una profundidad infinita.
Pero era yo que
al fin dejaba atrás mi vida académica y civil fracasada para culminar un hecho histórico
de relevancia mundial como es alcanzar
el infinito, que pasó desapercibido para los medios, los catedráticos y por supuesto para la patulea de políticos, gobernantes, estadistas (en el
remoto supuesto de que quedara alguno) y de los pre-proto y para delincuentes que gobiernan el mundo anterior al infinito.
Pero sin duda
alguna yo ya estaba en el infinito y por
lo que veía a lo lejos, había mucha gente más.
Pero no me queda más remedio
que parar a merendar y el resto de cosas, sucesos y acaeceres que sucedieron serán objeto, dios lo quiera y el
infinito lo permita, de otro momento.
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