lunes, 18 de mayo de 2015

EL SILENCIO DEL MAR



Un relato de actualidad 

Esta era mi ciudad y así era como se suponía que tenía que ser, pequeña, amable y llena de gente miserable como uno mismo.

Como casi todas las mañanas me acerqué al quiosco de prensa para comprar el menos vomitivo de los diarios de la mañana. 

De todas formas prudentemente, y como hacia siempre, aparte del montón el primer ejemplar y busque el siguiente, por un doble motivo, pensaba que estaría menos leído y algo más limpio y además siempre esperaba que las noticias que aparecían en el ejemplar inferior fueran más positivas e ilusionantes que las siempre decepcionantes, retorcidas y crueles noticias del mal ajeno con las que los periódicos de mi ciudad asaetaban a sus escasos lectores.

Cuando no era un político corrupto enriquecido hasta límites insospechados y desconocidos, era un maestro o un cura pedófilo, o un maltratador que acababa de asesinar a una de sus ex parejas ante la inoperancia de las autoridades. Todo muy positivo y mediático.

Vomité el chocolate con churros que me había desayunado y decidí que estaba enfermo de casi todo, tenía dos o tres canceres de diversas tipología, un par de aneurismas, hepatitis C y solo me faltaba el famoso Evola para conseguir póker de Enfermedades Importantes, y pensé con ilusión que cualquier día se me acercaría un periodista de renombre para proponerme un reportaje estupendamente pagado, ya que necesitaba el dinero para comprarme unos nuevos aparejos de pesca.

Con el ánimo recuperado después de las náuseas sartrianas y los fangos garzones decidí acercarme a la agencia de viajes que utilizaba el ayuntamiento para sus escaqueos monetarios y chanchullos viajeros y  me dispuse a comprar un billete para un viaje al mar.

-¿Qué mar? me preguntó la minifaldera encargada de los viajes al mar, y también de que me distrajera del ¿A dónde y el cuanto quería gastar? y atendiera con más interés a la blanca y atractiva superficie de la parte vista de sus muslos, que tengo que confesar era menos de lo que deseaba y más de lo que merecía la desvergüenza de mi mirada.

-Al mar, respondí tratando de concentrarme en el asunto del viaje, ¿Es que hay más de uno?.

La chica de la minifalda era una profesional y me dijo:
-Tenemos un montón de mares posibles como destino de los viajes organizados por nuestra agencia.

-Escójame usted un mar cercano y barato.

Así lo hizo y antes de cerrar la reserva y el contrato, se dirigió a mi diciendo ¿Me permite una pregunta? Es para una encuesta, añadió a modo de excusa.

Ningún inconveniente, dispare.

¿Cuál es su religión?
 
Soy Hugonote, contesté.
No la conozco apostilló.

Con todo arreglado, el billete, la reserva de hotel y un maletín provisto de todo lo necesario para una semi semana de ocio, me desplacé a la estación de autobuses de mi ciudad y espere pacientemente la llegada de un autobús que viajara hasta la Manga del Mar Menor, mi lugar de destino.

Cuando llegamos me pareció un lugar adecuado a mis pretensiones,  precioso, lleno de mar y de gente tranquila  y sonriente; nunca llegué a sospechar que la mayoría estaba preocupada por su economía. Es lo que tiene el turismo que te desentiendes de tus problemas.

Una vez aposentado en el hotel de tres estrellas, me adecente de los sudores del viaje y me tumbe a ver la pequeña tele en blanco y negro, ¡que rácanos!, pero eso era lo máximo que permitía mis escueta cuenta corriente con 356,76 euros 
de capital.

¿A quién demonios le puede interesar esto?, pensé.

Por un momento decidí borrarlo pero al final lo dejé, primero por si pagaban el relato por el número de palabras y además para que los abundantes lectores que aspiraba tener estuvieran bien documentados y al tener conocimiento de mi economía global y se apiadaran de mí.

Cansado del viaje, encendí el televisor dispuesto a entontecer y dormirme.

Antes de lograrlo la Tele anuncio, con alborozo apenas disimulado, el ultimo naufragio de sucios subsaharianos, árabes harapientos y Negritos del África Tropical de aquellos “que cultivando cantaban la canción del Cola Cao”.

Se trataba de un nuevo record de ahogados.

Una gran noticia. Una gran audiencia.

Con mi habitual sentido práctico y táctico supe enseguida que ninguno de los 750 tenía ninguna probabilidad de ser pariente, amigo o conocido mío.

Como es lógico la noticia me lleno de inquina hacia los inmigrantes, con qué derecho osaban alterar nuestro bienestar nacional esa tropa de indocumentados.  
 Adonde íbamos  parar; aunque enseguida me consolé con ese dicho popular ¡Que a inmigrante muerto, ejecutivo en su puesto y político dispuesto!

Si llegaban se convertían en un problema político, las autoridades no sabían donde ponerlos y ningún preboste se atrevía proponer soluciones eficaces como la fumigación con gas Zyklon B.

Si naufragaban y perecían, como estos últimos, se convertían en un alivio moral.

Se producirían declaraciones de rostro serio llenas de palabras de pena y condolencia. Serían motivo de portadas tremendistas con la palabra horror o catástrofe en el mediterráneo, pero nada más.

Por una parte los líderes locales, nacionales y europeos se lamentarían amargamente de la pérdida de vidas humanas y por otra en un ejercicio de dulce hipocresía seguirían cenando unas estupendas gambas a la plancha.

Por un momento imaginé que se escribiría si las víctimas del naufragio, o más probable de un incendio o terremoto, hubieran sido los 785 eurodiputados del Parlamento Europeo  reunidos en sesión plenaria.

Pero enseguida deje de especular. Para que iba a servir.

Al día siguiente me despierto muy temprano y subo a la terraza a ver el mar. Estoy lo suficientemente lejos para únicamente distinguir una lejana masa grisácea que lo mismo podía ser el mar que un horizonte sin futuro.

Pasaron días de asueto y silencio

Dándome cuenta que se me terminaba el plazo para concluir el relato solicitado por la dirección para seguir trabajando en la empresa, decidí acercarme a la playa para buscar e imaginar un final, si no feliz, si por lo menos ocurrente e ingenioso, acaso genial, en todo caso sorprendente.

Fui caminando lenta y reflexivamente hacia donde estaba el mar, ya anochecía, la temperatura era fresca y apenas había gente alrededor. Por fin llegué a la playa.

Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero pasaba algo raro y no sabía precisar lo que era. Tarde más de lo debido en saber que había de extraño en aquella noche.

Lo extraño era yo, que seguía intentando buscar una explicación a la vida y  un final para el relato.

Miré hacia ambos lados, volví la cabeza, estaba totalmente solo era el único ser vivo frente al mar y de repente me di cuenta.

No había ningún sonido, no existía ruido, ni murmullo, ni rumor solo silencio y supe lo que era.

El mar estaba en callado en silencio absoluto.

El mar estaba enfadado.

Era El silencio del mar. 

 P.S.
¿Por qué estás enfadado le pregunte?
Aunque no le oí supe que me había respondido:

Ya te lo contaré algún día si vuelver por aquí

Ya te lo contaré algún día si vuelves por aquí

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