Un
relato de actualidad
Esta era mi ciudad y así era como se suponía que tenía que ser, pequeña, amable y llena de gente miserable como uno mismo.
Como casi todas las mañanas me acerqué al
quiosco de prensa para comprar el menos vomitivo de los diarios de la
mañana.
De todas formas prudentemente, y como hacia
siempre, aparte del montón el primer ejemplar y busque el siguiente, por un
doble motivo, pensaba que estaría menos leído y algo más limpio y además siempre
esperaba que las noticias que aparecían en el ejemplar inferior fueran más
positivas e ilusionantes que las siempre decepcionantes, retorcidas y crueles
noticias del mal ajeno con las que los periódicos de mi ciudad asaetaban a sus
escasos lectores.
Cuando no era un político corrupto enriquecido
hasta límites insospechados y desconocidos, era un maestro o un cura pedófilo, o
un maltratador que acababa de asesinar a una de sus ex parejas ante la
inoperancia de las autoridades. Todo muy positivo y mediático.
Vomité el chocolate con churros que me había
desayunado y decidí que estaba enfermo de casi todo, tenía dos o tres canceres
de diversas tipología, un par de aneurismas, hepatitis C y solo me faltaba el famoso
Evola para conseguir póker de Enfermedades Importantes, y pensé con ilusión que
cualquier día se me acercaría un periodista de renombre para proponerme un
reportaje estupendamente pagado, ya que necesitaba el dinero para comprarme
unos nuevos aparejos de pesca.
Con el ánimo recuperado después de las náuseas
sartrianas y los fangos garzones decidí acercarme a la agencia de viajes que
utilizaba el ayuntamiento para sus escaqueos monetarios y chanchullos viajeros
y me dispuse a comprar un billete para
un viaje al mar.
-¿Qué mar? me preguntó la minifaldera encargada
de los viajes al mar, y también de que me distrajera del ¿A dónde y el cuanto
quería gastar? y atendiera con más interés a la blanca y atractiva superficie
de la parte vista de sus muslos, que tengo que confesar era menos de lo que
deseaba y más de lo que merecía la desvergüenza de mi mirada.
-Al mar, respondí tratando de concentrarme en
el asunto del viaje, ¿Es que hay más de uno?.
La chica de la minifalda era una profesional y
me dijo:
-Tenemos un montón de mares posibles como
destino de los viajes organizados por nuestra agencia.
-Escójame usted un mar cercano y barato.
Así lo hizo y antes de cerrar la reserva y el
contrato, se dirigió a mi diciendo ¿Me permite una pregunta? Es para una
encuesta, añadió a modo de excusa.
Ningún inconveniente, dispare.
¿Cuál es su religión?
Soy Hugonote, contesté.
No la conozco apostilló.
Con todo arreglado, el billete, la reserva de
hotel y un maletín provisto de todo lo necesario para una semi semana de ocio,
me desplacé a la estación de autobuses de mi ciudad y espere pacientemente la
llegada de un autobús que viajara hasta la Manga del Mar Menor, mi lugar de
destino.
Cuando
llegamos me pareció un lugar adecuado a mis pretensiones, precioso, lleno de mar y de gente tranquila y sonriente; nunca llegué a sospechar que la
mayoría estaba preocupada por su economía. Es lo que tiene el turismo que te
desentiendes de tus problemas.
Una vez aposentado en el hotel de tres
estrellas, me adecente de los sudores del viaje y me tumbe a ver la pequeña
tele en blanco y negro, ¡que rácanos!, pero eso era lo máximo que permitía mis
escueta cuenta corriente con 356,76 euros
de capital.
¿A quién demonios le puede interesar esto?, pensé.
Por un momento decidí borrarlo pero al final
lo dejé, primero por si pagaban el relato por el número de palabras y además para
que los abundantes lectores que aspiraba tener estuvieran bien documentados y al
tener conocimiento de mi economía global y se apiadaran de mí.
Cansado del viaje, encendí el televisor
dispuesto a entontecer y dormirme.
Antes de lograrlo la Tele anuncio, con
alborozo apenas disimulado, el ultimo naufragio de sucios subsaharianos, árabes
harapientos y Negritos del África Tropical de aquellos “que cultivando cantaban
la canción del Cola Cao”.
Se trataba de un nuevo record de ahogados.
Una gran noticia. Una gran audiencia.
Con mi habitual sentido práctico y táctico
supe enseguida que ninguno de los 750 tenía ninguna probabilidad de ser pariente,
amigo o conocido mío.
Como es lógico la noticia me lleno de inquina
hacia los inmigrantes, con qué derecho osaban alterar nuestro bienestar
nacional esa tropa de indocumentados.
Adonde íbamos
parar; aunque enseguida me consolé con ese dicho popular ¡Que a
inmigrante muerto, ejecutivo en su puesto y político dispuesto!
Si llegaban se convertían en un problema
político, las autoridades no sabían donde ponerlos y ningún preboste se atrevía
proponer soluciones eficaces como la fumigación con gas Zyklon B.
Si naufragaban y perecían, como estos últimos,
se convertían en un alivio moral.
Se producirían declaraciones de rostro serio
llenas de palabras de pena y condolencia. Serían motivo de portadas
tremendistas con la palabra horror o catástrofe en el mediterráneo, pero nada más.
Por una parte los líderes locales, nacionales
y europeos se lamentarían amargamente de la pérdida de vidas humanas y por otra
en un ejercicio de dulce hipocresía seguirían cenando unas estupendas gambas a
la plancha.
Por un momento imaginé que se escribiría si las
víctimas del naufragio, o más probable de un incendio o terremoto, hubieran
sido los 785 eurodiputados del Parlamento Europeo reunidos en sesión plenaria.
Pero enseguida deje de especular. Para que iba
a servir.
Al día siguiente me despierto muy temprano y subo a la
terraza a ver el mar. Estoy lo suficientemente lejos
para únicamente distinguir una lejana masa grisácea que lo mismo podía ser el
mar que un horizonte sin futuro.
Pasaron días de asueto y silencio
Dándome cuenta que se me terminaba el plazo
para concluir el relato solicitado por la dirección para seguir trabajando en
la empresa, decidí acercarme a la playa para buscar e imaginar un final, si no
feliz, si por lo menos ocurrente e ingenioso, acaso genial, en todo caso
sorprendente.
Fui caminando lenta y reflexivamente hacia
donde estaba el mar, ya anochecía, la temperatura era fresca y apenas había
gente alrededor. Por fin llegué a la playa.
Hasta ese momento no me había dado cuenta,
pero pasaba algo raro y no sabía precisar lo que era. Tarde más de lo debido en
saber que había de extraño en aquella noche.
Lo extraño era yo, que seguía intentando
buscar una explicación a la vida y un
final para el relato.
Miré hacia ambos lados, volví la cabeza,
estaba totalmente solo era el único ser vivo frente al mar y de repente me di
cuenta.
No había ningún sonido, no existía ruido, ni
murmullo, ni rumor solo silencio y supe lo que era.
El mar estaba en callado en silencio absoluto.
El mar estaba enfadado.
Era El
silencio del mar.
P.S.
¿Por qué
estás enfadado le pregunte?
Aunque
no le oí supe que me había respondido:
Ya te lo contaré algún día si vuelver por aquí
Ya te lo contaré algún día si vuelves por aquí
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