En la breve y olvidada historia del realismo
social, pronto sustituido por el realismo mágico, gracias a un tal G. Márquez,
primo lejano de Felipe G., se ha recuperado este relato donde el autor se
recrea inopinadamente en abordar la farsa
tragicómica de un reo de F. al que dieron el paseo dos G.C. en un frio día
de invierno.
Esta es la historia tal como se la contaron al
relator:
Siempre
recordaré la escena, en algún pueblo de castilla la vieja, la muy vieja, es
invierno, mes de enero, frio seco e intenso, la pareja de la guardia civil, el
tricornio, el bigote de uno, la dentadura mellada del otro, el mosquetón de
cada uno, es día de noche, la vereda estrecha y en pendiente, la sentencia ya
sabida, la tarea a cumplir, la misión a obedecer. Sin preguntas ni cuestiones
sobre lo ocurrido.
Mientras,
el camisa vieja en casa al abrigo de la intemperie espera la llamada.
La pareja
disgustada por el frio, por tener que salir hacia la zona de la barranca, la
hora, terciadas las once de la noche, el viento apresurado dos o tres encinas
quejándose, el bocadillo de anchoas, la
botella de tinto,
El
sargento Tendillo impaciente ordena: Venga Antúnez, Gordejuela a cumplir, al
tajo, llévense de una vez a Jiménez y no me lo dejen a la intemperie.
Se llama
“el paseo”, se dice “dar el paseo”. Y Jiménez, 35 años español sin nombre, solo
apellido, de oficio perdedor y su madre, Jesusa, sin apellido solo nombre,
implorando piedad inútilmente ante un dios que no existe, ante un cura que la
desprecia, ante un aturdido y cansado gobernador que ni tiene ni le interesa
tener piedad y que le dice al ujier, vamos Demetrio, quíteme de encima a esa
vieja, que no se puede andar con tanta blandenguería, que se habrán creído, no
se dan cuenta de quien ha ganado, ha ganado Dios, la Patria, España, la
Iglesia, la Milicia, los buenos, los de siempre.
Venga
Demetrio llévese de mis oídos a esa roja, comunista, pobre, atea y además fea y
vieja.
Los tres
nominados avanzan por el desolado paisaje muertos de frio, cada uno pensando en
sus en sus cosas mientras bajan hacia la Barranca del Silo, que así la llaman.
Hace
tanto frio como silencio hasta que de improviso a Jiménez se le ocurre exclamar
Me
cabuen la, que frio hace.
La
pareja de civiles ligeramente sorprendida y alerta por si es una añagaza.
Ninguno de los guardias sabe lo que es una añagaza, pero el relator sí que lo
sabe y lo utiliza para mediar y alargar.
Pero no
sucede nada solo los pasos, solo el silencio y Gordejuela algo más espabilado
comprende que no hay conspiración, ni plan de fuga que el reo solo pretende
comunicarse con sus ejecutores, con sus verdugos, con los últimos humanos que
va a ver en su vida, ya no hay tiempo para abrazar a su madre, ni a su
novia/pareja/mujer, ni a su hijo de tres años a
nadie más nunca, durante ese demasiado largo descenso hacia lo más bajo
y profundo dela barranca donde nadie, que no sean ellos pueda oír los disparos del
mosquetón, ni el tiro de gracia con la Astra.
Y a
Gordezuela, que es más espabilado, se le ocurre preguntarse qué porque le
llamaran tiro de gracia, si no tiene ninguna y se alegra de que no vaya a ser
él, el del tiro, sino Antúnez que le salió cruz y había pedido cara.
Gordejuela
se anima, librado por la fortuna de la gracia del tiro de gracia y por
compadrear se dirige cordialmente al reo y le explica:
Ande,
ande Jiménez, no se nos queje, mire que nosotros tenemos que volver y además cuesta arriba.
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