El otro día tuve una discusión/conversación
sobre la utopía.
Alguien durante el
coloquio posterior calificó el documental “La
educación prohibida”, (Germán Doin,
Argentina 121 min), un más que interesante trabajo sobre la educación,
su práctica y sus modelos, como utópico.
Se trata de un
documental de largo recorrido y amplio contenido, que recomiendo vivamente a
todos y en especial a los educadores, profesores y -si queda alguno- a los
maestros. Los buenos maestros que son aquello que te enseñan a ver y a
reflexionar sobre lo que ves y lo que significa para uno mismo y para los demás
dentro del respeto y la tolerancia.
Por eso cuando uno de
los contertulios opinó que el documental era utópico, -aunque tal vez dijera,
matizando para dejar un resquicio a la utilidad del documental, demasiado
utópico.
¿Qué quería significar
con eso?, que lo expuesto en el documental aunque deseable, era irrealizable,
era un sueño, una utopía. Por lo tanto algo a desechar de su vida particular.
Y en ese momento tropezaron
con mi rebelión, indignación. Ante ese adjetivo “utópico “el usuario del mismo,
argumenta rotundamente que no es posible y renuncia a ello desde el mismo
momento que pronuncia la palabra utopía, por mucho que aquello le guste o
pudiera llegar a gustarle. DEBE RECHAZARLO Y LO RECHAZA. LO AISLA DE SU VIDA.
Mi argumento a favor de
la utopía es sencillo, afirmo que se trata de una aspiración humana siempre presente
en nuestro interior y que es tan necesaria e imprescindible, -primero dije,
como el comer, luego matice el nivel de necesidad de la utopía, y finalmente comprendí
que para muchos seres humanos el comer también era una utopía- para añadir que
era tan necesaria como el amor, la amistad, la dignidad, la misma libertad, la
piedad, el deseo, la sonrisa, las lágrimas, o también el cielo y las estrellas.
Pero volviendo al
contexto del coloquio, diré que para mí la utopía forma y debe formar parte de
todos los seres humanos. Si te cercenan
la utopía (y lo hacen con más frecuencia que la ablación del clítoris o la circuncisión.
A qué tipo de diablos humanos se les ocurre imaginar y aún más practicar semejantes
barbaridades) y muchos la tienen
cercenada (por la educación recibida) están desposeyendo al individuo de la
capacidad de ayudar a transformar la realidad, la sociedad en la que vive y lo
que es más lamentable a mejorarse a sí
mismo.
Ciertamente que vivir
solo para la utopía es sencillamente una estupidez pero vivir sin la utopía es
estar condenado a no comprender, a no tener en cuenta nada de lo que te rodea,
ni a nadie de quien te rodea. A vagar por el mundo hasta la desaparición, sin
haber existido.
La utopía es como el
amor, que también es un sentimiento en desuso, en decadencia, que empieza a
estar mal visto o reducido a pequeños reductos (amor de madre y poco
más).
Ninguno entre los
sistemas de poder vigentes quiere ni acepta que la utopía, el amor, ni tampoco
el sentido común, ni la honradez o la honestidad formen parte, ni de la
educación, ni de la vida, para así mantener el sistema podrido de gobierno y de sociedad actual, que no tiene ni deja
tener, -es más detesta y desaconseja, cuando no prohíbe-, en cuenta tantas
cosas como el afecto, la respuesta sincera, ser buena gente, la mirada limpia y
sus aliados el amor y la utopía.
La lucha será larga y muy
dura por una parte la decencia, la dignidad, el amor, la utopía y por otra parte la avaricia, el
dinero, el poder y la ignorancia (que es al fin y al cabo ausencia de
educación).
En esta batalla no hay
seguro vencedor, lo que sí es seguro es que si gana el dinero y sus aliados (los
gobiernos, los medios de comunicación, las iglesias y sus respectivas religiones),
el ser humano tal y como lo conocemos y soñamos ahora desaparecerá de la faz de
la tierra llevándose consigo cualquier rastro vida del planeta, y esto es para mí una certeza y todo ello, y esto es solo una opinión, ocurrirá
mucho más pronto de lo que imaginamos.
Para cerrar mi
colaboración en este coloquio diré que para mí una forma de comprender la utopía es haber leído (y releído) los libros
de Guillermo Brown (Richmal Crompton, Lancashire, 1890-1969). Y si bien la
utopía, como expresión de un hecho físico imposible, hubiera sido ser yo mismo y
para siempre Guillermo Brown, la utopía como parte de la realidad de cada uno
es haber sido Guillermo Brown mientras leía sus aventuras.
Quería explicar y
explicarme que uno debe ser capaz de
asumir lo posible y lo imposible de la utopía y amarla y desearla (para así hacerla
posible) pero sin extraviarse ni obsesionarse
ni hacerla exclusiva, -como hacen las religiones con Dios al hacerlo
exclusivo y por tanto inhumano-, sino solo una parte más de nuestra existencia.
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