lunes, 28 de enero de 2013

LA UTOPIA Y YO



El otro día tuve una discusión/conversación sobre la utopía.

Alguien durante el coloquio posterior calificó el documental “La educación prohibida”, (Germán Doin,  Argentina 121 min), un más que interesante trabajo sobre la educación, su práctica y sus modelos, como utópico.

Se trata de un documental de largo recorrido y amplio contenido, que recomiendo vivamente a todos y en especial a los educadores, profesores y -si queda alguno- a los maestros. Los buenos maestros que son aquello que te enseñan a ver y a reflexionar sobre lo que ves y lo que significa para uno mismo y para los demás dentro del respeto y la tolerancia.

Por eso cuando uno de los contertulios opinó que el documental era utópico, -aunque tal vez dijera, matizando para dejar un resquicio a la utilidad del documental, demasiado utópico.

¿Qué quería significar con eso?, que lo expuesto en el documental aunque deseable, era irrealizable, era un sueño, una utopía. Por lo tanto algo a desechar de su vida particular.
Y en ese momento tropezaron con mi rebelión, indignación. Ante ese adjetivo “utópico “el usuario del mismo, argumenta rotundamente que no es posible y renuncia a ello desde el mismo momento que pronuncia la palabra utopía, por mucho que aquello le guste o pudiera llegar a gustarle. DEBE RECHAZARLO Y LO RECHAZA. LO AISLA DE SU VIDA.

Mi argumento a favor de la utopía es sencillo, afirmo que se trata de una aspiración humana siempre presente en nuestro interior y que es tan necesaria e imprescindible, -primero dije, como el comer, luego matice el nivel de necesidad de la utopía, y finalmente comprendí que para muchos seres humanos el comer también era una utopía- para añadir que era tan necesaria como el amor, la amistad, la dignidad, la misma libertad, la piedad, el deseo, la sonrisa, las lágrimas, o también el cielo  y las estrellas. 

Pero volviendo al contexto del coloquio, diré que para mí la utopía forma y debe formar parte de todos los seres humanos.  Si te cercenan la utopía (y lo hacen con más frecuencia que la ablación del clítoris o la circuncisión. A qué tipo de diablos humanos se les ocurre imaginar y aún más practicar semejantes barbaridades)  y muchos la tienen cercenada (por la educación recibida) están desposeyendo al individuo de la capacidad de ayudar a transformar la realidad, la sociedad en la que vive y lo que es más lamentable a mejorarse  a sí mismo.

Ciertamente que vivir solo para la utopía es sencillamente una estupidez pero vivir sin la utopía es estar condenado a no comprender, a no tener en cuenta nada de lo que te rodea, ni a nadie de quien te rodea. A vagar por el mundo hasta la desaparición, sin haber existido.

La utopía es como el amor, que también es un sentimiento en desuso, en decadencia, que empieza  a  estar mal visto o reducido a pequeños reductos (amor de madre y poco más).

Ninguno entre los sistemas de poder vigentes quiere ni acepta que la utopía, el amor, ni tampoco el sentido común, ni la honradez o la honestidad formen parte, ni de la educación, ni de la vida, para así mantener el sistema podrido de gobierno  y de sociedad actual, que no tiene ni deja tener, -es más detesta y desaconseja, cuando no prohíbe-, en cuenta tantas cosas como el afecto, la respuesta sincera, ser buena gente, la mirada limpia y sus aliados el amor y la utopía.

La lucha será larga y muy dura por una parte la decencia, la dignidad, el amor,  la utopía y por otra parte la avaricia, el dinero, el poder y la ignorancia (que es al fin y al cabo ausencia de educación).

En esta batalla no hay seguro vencedor, lo que sí es seguro es que si gana el dinero y sus aliados (los gobiernos, los medios de comunicación, las iglesias y sus respectivas religiones), el ser humano tal y como lo conocemos y soñamos ahora desaparecerá de la faz de la tierra llevándose consigo cualquier rastro vida del planeta, y esto es para mí una certeza  y todo ello, y esto es solo una opinión, ocurrirá mucho más pronto de lo que imaginamos.

Para cerrar mi colaboración en este coloquio diré que para mí una forma de comprender la  utopía es haber leído (y releído) los libros de Guillermo Brown (Richmal Crompton, Lancashire, 1890-1969). Y si bien la utopía, como expresión de un hecho físico imposible, hubiera sido ser yo mismo y para siempre Guillermo Brown, la utopía como parte de la realidad de cada uno es haber sido Guillermo Brown mientras leía sus aventuras.

Quería explicar y explicarme  que uno debe ser capaz de asumir lo posible y lo imposible de la utopía y amarla y desearla (para así hacerla posible) pero sin extraviarse ni obsesionarse  ni hacerla exclusiva, -como hacen las religiones con Dios al hacerlo exclusivo y por tanto inhumano-, sino solo una parte más de nuestra existencia.

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