martes, 27 de agosto de 2024

WOLFGANG BORCHERT

 

«Somos los jugadores de bolos.

Y nosotros mismos somos las bolas.

Pero también somos los bolos

que caen.

La pista donde suenan los impactos

es nuestro corazón.»

La editorial Laetoli publicó en septiembre de 2007 la obra completa del escritor alemán Wolfgang Borchert (Hamburgo 1921, Suiza 1947) bajo el título «Obras completas», libro que hoy les presento y les invito a abrir. Borchert es un escritor descomunal, con una sensibilidad como he encontrado pocas en la literatura que, al menos, yo conozco. Es sublime, y uno se pregunta cómo una persona puede escribir de esta manera tan magistral. En el epílogo de Fernando Aramburu este destaca que la obra del alemán es «la de un hombre que se sabe agonizante». Unas trescientas páginas bastaron a Borchert para alcanzar el rango clásico de las letras alemanas del siglo XX. Murió a los 26 años y todo lo que escribió, que es lo que viene recogido en éste volumen: relatos, teatro y poesía, lo hizo en sólo dos años. En 1940 fue detenido por la Gestapo acusado de haber escrito poemas subversivos. Poco después fue llamado a filas y participó en el avance de las tropas alemanas hacia Moscú. En 1942, enfermo de difteria y hepatitis, fue enviado a un hospital de Núremberg, bajo la amenaza constante de ser condenado a muerte. En 1944 fue internado en la prisión de Moabit y en el 1947 murió en una clínica de Basilea. La mayor parte de su obra fue publicada de forma póstuma.

De estas obras completas, yo he preferido presentarles algunos de los relatos y simplemente algunos fragmentos de ellos ya que son pura poesía. La narración es tan bella…. Son fascinantes. No dejen de leer a este gran autor, antibelicista, que fue todo un descubrimiento para mí y al que no he podido olvidar.

Heinrich Böll dijo sobre los relatos de su compatriota: «Relatos cortos magistrales, fríos y escuetos, sin una palabra de más ni de menos».

A mi no me parecen fríos, a mi me parecen de una ternura considerable, de una tristeza infinita, pero de ninguna manera fríos sino todo lo contrario, y algunos cargados de ilusión y de esperanza, de ganas de salir adelante, ¿qué tiene eso de frío? Teniendo en cuenta, además, que casi todos giran en torno a su experiencia al frente oriental, donde fue destinado y donde fue testigo de los horrores del conflicto bélico: muerte, frío, hambre… pero también sueños dentro del mundo gris e inocencia, mucha inocencia.

El titulado «El reloj de cocina» es, sin duda, mi preferido. Pero aunque no he podido resaltarlos aquí por falta de espacio no dejen de leer todos los demás, por ejemplo otros cinco sublimes a mi parecer son «El pan», «El escritor», «El diente de león», «Quizá tenga una camisa rosa» o «Los tres reyes oscuros». Hay mucha belleza y sencillez en todos ellos.

Del relato «¡Entonces sólo hay una salida!»:

«Tú. Hombre junto a la máquina y hombre en el taller. Si mañana te ordenan que no hagas más cañerías ni cazuelas…, sino cascos de acero y ametralladoras, entonces sólo hay una salida:

¡DI NO!

(…)

Tú. Dueño de la fábrica. Si mañana te ordenan que en lugar de polvos de tocador y cacao vendas pólvora, entonces sólo hay una salida:

¡DI NO!

Tú. Poeta en tu habitación. Si mañana te ordenan que cantes canciones de odio y no canciones de amor, entonces sólo hay una salida:

¡DI NO!

Tú. Médico junto a la cama del enfermo. Si mañana te ordenan que declares aptos para la guerra a los hombres, entonces sólo hay una salida:

¡DI NO!

(…)

Tú. Capitán en el barco de vapor. Si mañana te ordenan que no transportes trigo… sino cañones y carros de combate, entonces sólo hay una salida:

¡DI NO!

(…)

Tú.Sastre en tu mesa de coser. Si mañana te ordenan que confecciones uniformes, entonces sólo hay una salida:

¡DI NO!

Tú. Madre en Normandía, y madre en Ucrania; tú madre en Frisco y en Londres; tú, a orillas del Amarillo o del Misisipi; tú, madre en Nápoles y Hamburgo y El Cairo y Oslo…; madres en todos los continentes; madres del mundo, si mañana os ordenan que alumbréis hijos, enfermeras para los hospitales de campaña y nuevos soldados para nuevas batallas; madres del mundo, entonces sólo hay una salida:

¡Decid NO! madres, ¡decid NO!»

Del relato «Historias de un libro de lecturas»:

«Había una vez dos seres humanos. Cuando cumplieron los dos años de edad, se pegaban con las manos.

 

Cuando cumplieron doce, se pegaban con palos y tiraban piedras.

Cuando cumplieron veintidós, se disparaban con fusiles.

Cuando cumplieron cuarenta y dos, se tiraban bombas.

Cuando cumplieron setenta y dos, usaron bacterias.

Cuando cumplieron ochenta y dos, murieron. Fueron enterrados uno al lado del otro.

Pasados cien años, una lombriz que atravesó las dos tumbas no notó que allí estuvieran enterrados dos seres humanos tan diferentes. Era la misma tierra. Todo, la misma tierra.»

Del relato «Generación sin despedida»:

«Somos la generación sin vínculo y sin profundidad. Nuestra profundidad es abismo. Somos la generación sin suerte, sin hogar y sin despedida. Nuestro sol es estrecho; nuestro amor cruel, y nuestra juventud carece de juventud. Y somos la generación sin frontera, sin inhibiciones ni protección…, expulsada de las andaderas de la infancia a un mundo que nos han preparado los que por ello mismo nos menosprecian.

Sin embargo, no nos dieron un Dios que habría podido sostener nuestro corazón cuando se arremolinaron a su alrededor los vientos de este mundo. Así pues, somos la generación sin Dios, por cuanto somos la generación sin vínculo, sin pasado, sin reconocimiento.

Y los vientos del mundo, que han convertido nuestros pies y nuestros corazones en gitanos sobre las calles ardientes y cubiertas de una capa de nieve de la altura de un hombre, hicieron de nosotros una generación sin despedida.

(…)

Sin embargo somos una generación de la llegada. Quizá seamos una generación llena de llegada. Quizá sea una nueva vida. Llena de llegada debajo de un sol nuevo, a nuevos corazones. Quizá estemos llenos de llegada a un amor nuevo, a una risa nueva, a un Dios nuevo.

Somos una generación sin despedida, pero sabemos que nos corresponden todas las llegadas.»

Del relato «Trenes de tarde y noche»:

«El río y la carretera nos resultan demasiado lentos. Nos resultan demasiado tortuosos. Pues queremos ir a casa. No sabemos dónde cae eso de «en casa». Así y todo, queremos ir allí. Y la calle y el río nos resultan demasiado tortuosos.»

«Un tren eres tú que pasa traqueteando, que pasa dando gritos… Vía férrea eres tú… Todo sucede encima de ti y te vuelve ciego y roñoso, plateado y brillante.

Ser humano eres tú. Solo, a la manera de una jirafa, está tu cerebro allá arriba, en algún lugar de tu cuello interminable. Y nadie conoce con exactitud tu corazón.»

Del relato «La pista de bolos»:

 

«Dos hombres habían hecho un agujero en la tierra. Era bastante espacioso y casi confortable. Como una tumba. Se podía aceptar. Delante tenían un fusil. Alguien lo había inventado para poder disparar a la gente. Por lo general, las personas no les resultaban conocidas. Ni siquiera entendían su idioma. Y a ellos nadie les había dicho nada. Sin embargo, tenían que dispararles con el fusil. Alguien lo había ordenado así. Y para poder matar a una buena cantidad, alguien había inventado que el fusil disparase más de sesenta veces por minuto. Por esa razón había recibido una recompensa.»

Del relato «El ruiseñor canta»:

«Estamos en la noche, descalzos, en camisa, y él canta. El señor Hinsch está. Al señor Hinsch le ha entrado la tos. En invierno se le estropearon los pulmones porque la ventana no cerraba bien. Al parecer, el señor Hinsch va a morir. A veces llueve. Son las lilas. Caen de las ramas con su color violeta y desprenden una fragancia como de muchachas. El señor Hinsch es el único que no puede olerlo. El señor Hinsch tiene tos. El ruiseñor canta. Y el señor Hinsch seguramente va a morir. Nosotros estamos descalzos, en camisa, y lo escuchamos. Toda la casa está saturada de toses. Pero el ruiseñor colma el mundo con su canto. Y al señor Hinsch no se le va el invierno de los pulmones. Las lilas caen con su color morado de las ramas. El ruiseñor canta. El señor Hinsch tiene una muerte veraniega y dulce, llena de noche y ruiseñor y una lluvia morada de lilas.»

Del relato «A él también le causaban mucho incordio las guerras»:

«Por aquel entonces, uno tenía a su padre. Cuando oscurecía. Cuando ya no se le podía ver en el crepúsculo violeta. Sin embargo, se le oía. Al toser. Y cuando caminaba a través del piso y tosía. Y uno percibía el olor de su tabaco. Y eso ya bastaba. Entonces se podía soportar los atardeceres violeta.

Más tarde tuvimos ya a las muchachas, que casi carecían de pechos. Pero en cierto modo era buena tenerlas al lado durante los crepúsculos violetas. En el embarcadero. Y bajo el balcón a la caída de la tarde. Tenían las manos muy calientes. Con eso bastaba. Entonces era posible soportar la oscuridad violeta.»

Del relato «Historias de un libro de lecturas»:

«Toda la gente tiene una máquina de coser, una radio, una nevera y un teléfono. ¿Qué hacemos entonces?, preguntó el dueño de la fábrica.

Bombas, dijo el inventor.

Guerra, dijo el general.

Si no hay más remedio, dijo el dueño de la fábrica.»

Del relato «El reloj de cocina». Relato que me conmueve especialmente, aunque todos son sublimes. El chico que muestra orgulloso un reloj de cocina después de haberlo pedido todo, ese reloj que no funciona y que marca las dos y media. Ese que le transporta a cuando llegaba tarde a su casa, su madre le esperaba en la cocina con la cena preparada y sólo le reprochaba que era tarde. Ese reloj que marcaba las dos y media y que le transportaba al momento en el que aquello, y ahora se daba cuenta, al haberlo perdido, era el paraíso, el verdadero paraíso, el amor de una madre esperando a su hijo, tarde.

 

«Era nuestro reloj de cocina, dijo, y miró de uno en una a cuantos estaban sentados en el banco al sol. Sí, lo he podido encontrar. Se ha salvado. (…) No tiene ningún valor, dijo en son de disculpa, ya sé. Y tampoco es demasiado bonito. Sólo es como un plato esmaltado de blanco. Pero los números azules tienen, de todos modos, un pinta muy bonita, me parece. Naturalmente, las agujas sólo son de hojalata. Y ahora no van. No. Por dentro está roto, no hay la menor duda. Pero conserva la apariencia de siempre aunque ya no funciones.»

«¿Acaso usted lo ha perdido todo?

Sí, sí, dijo él con alegría, ¡piense usted que todo! Sólo esto se ha salvado. Y levantó de nuevo el reloj como si los demás aún no lo conocieran.

Pero ya no funciona, dijo la mujer.

No, no, eso no. Está roto, ya lo sé. Pero, por lo demás, está igual que siempre: blanco y azul. Y otra vez volvió a mostrarles el reloj. Y lo más bonito, prosiguió excitado, todavía no se lo he contado a ustedes. Lo más bonito aún está por venir: Piensen que se quedó parado a las dos y media. Precisamente a la dos y media,¡piénsenlo!»

El hombre que está con el chico asegura que el reloj se quedó parado por el impacto de una bomba a esa hora, pero el chico sacude la cabeza con superioridad para decirle que no, que no es esa la razón, que él llegaba siempre a casa a esa hora. A esa hora, como es natural, él tenía hambre, iba a la cocina y su madre estaba allí, por mucho que él abriera la puerta con sigilo. Siempre estaba a su lado.

«Y cada vez que buscaba en la cocina a oscuras algo de comer, se encendía de pronto la luz. Entonces allí estaba ella con su chaqueta de lana y una bufanda roja. Y descalza. Siempre descalza. Y eso que teníamos la cocina embaldosada. Y ella ponía unos ojos pequeñitos porque la luz le resultaba demasiado fuerte. Pues ella había dormido. Al fin y al cabo era de noche. Otra vez tarde, solía decir ella. No decía nada más. Sólo: Otra vez tan tarde. Y a continuación me calentaba la cena y miraba como comía. Mientras, se frotaba un pie ya que las baldosas estaban tan frías. Por las noches nunca se ponía zapatos. Permanecía a mi lado hasta que me saciaba. Y luego le oía retirar los platos cuando yo ya había apagado la luz en mi habitación. Todas las noches sucedía así. Y por regla general a las dos y media. (…) Me parecía completamente natural. Ella lo hacía siempre. Y nunca decía nada sino: Otra vez tan tarde. Pero es que lo decía cada vez. Y yo pensaba que aquello no acabaría nunca. (…) ¿Y ahora? (…) Ahora, ahora sé que era el paraíso, el verdadero paraíso. (…) ¿Y su familia? Él sonrió azorado: Ah, ¿se refiere a mis padres? Sí, también han desaparecido. Todo ha desaparecido. Todo, imagínese. Todo desaparecido. (…) Levantó de nuevo el reloj y rió. Se rió: Sólo esto de aquí. Es lo que ha quedado. Y lo más bonito es que precisamente se quedó parado a las dos y media. Precisamente a las dos y media.

Después ya no dijo nada. Pero tenía una cara muy aviejada. Y el hombre que estaba sentado a su lado le miraba los zapatos. Pero él no veía sus zapatos. Él seguía pensando en la palabra paraíso.»

 

 

 

 

 

jueves, 15 de agosto de 2024

 SERA ESTO VERDAD O FALSEDAD FALSIFICADA POOR EL SEÑOR AUTOR EMÉRITO DE MERITO Y SIN MERECIMIENTO

miércoles, 3 de abril de 2024

TANTO TIEMPO A CORREGIR

 DIOS TUYO CUANTO TIEMPO SIN VENIR SIN LLEGAR SIN DECIR SIN HABLAR CASI UN AÑO  CASI CIEN O CIENTO Y LA MADRE QUE DESDICHA QUE DESDORO 

Para mí, la segunda guerra mundial comenzó el 18 de julio de 1936. Fue cuando se realizó el primer disparo en Madrid».2 No es el punto de partida convencionalmente aceptado tan sólo porque los Aliados aún no habían empuñado las armas. Por tanto, a los estadounidenses que regresaron de la guerra civil española se los tachó de «antifascistas prematuros» y se los llevó ante el predecesor del Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy.3 Su crimen: oponerse a un golpe de estado que, según el periódico nacionalista El Correo Español, «está obrando (...) para liberar a Europa de esa porquería de la democracia».4

Aunque Franco era más una figura militar que un líder fascista al estilo italiano o alemán, su vínculo con el fascismo y el nazismo fue visible desde el principio. Sin los aviones Junkers 52 de Hitler para transportar soldados desde Marruecos, la rebelión podría haberse desinflado.5 Mussolini tampoco tardó en proporcionar aviones, armas y barcos.6 Los nacionalistas* («nacionales») dependieron del Eje a lo largo de toda la contienda, recibiendo municiones complementadas por 16.000 militares alemanes y 80.000 italianos.

Si bien Franco declaró su movimiento «no exclusivamente fascista», admitía, no obstante, que el fascismo era parte de él y la «inspiración del nuevo Estado».7 Los «nacionales» se hacían eco del lema nazi («Ein Reich, Ein Staat, Ein Führer») sustituyéndolo por «una patria, un Estado, un caudillo».8 Así, se ha calificado la ideología franquista de «amalgama de fascismo, corporativismo y oscurantismo religioso».

Además, los métodos de los «nacionales» prefiguraron las políticas asesinas del Eje en el mundo. Un falangista admitía: «la represión en zona nacional se llevaba a cabo a sangre fría, con una dirección y de manera metódica».10 En Málaga, una ciudad que se entregó sin resistencia, se fusiló a 4.000 personas en una semana.11

Tan extremado y violento fue este proceso que:

Incluso los italianos y alemanes criticaban una represión tan indiscriminada, calificándola de «cortedad de miras», y sugerían que los nacionales debían reclutar trabajadores para un partido fascista en lugar de masacrarlos (...) El declive del número de fusilamientos en zona nacional en 1937 se ha atribuido también a que simplemente no quedaba nadie relevante a quien matar.12

Cuando la lucha finalmente cesó el 1 de abril de 1939, 300.000 personas yacían muertas.

Aunque España no se unió a la coalición del Eje y permaneció oficialmente neutral, tan sólo fue así porque el país estaba completamente exhausto y Hitler no estaba dispuesto a pagar el precio que Franco exigía por la alianza. Sin embargo, éste sí que envió la División Azul, de 47.000 efectivos, a combatir junto a la Wehrmacht en Rusia.

La guerra civil española no se libró conforme al modelo estándar de ejército contra ejército, sino al de ejército contra revolución.15 Un anarquista que pasó 20 años en las cárceles de Franco describía cómo tuvo lugar la guerra popular en Barcelona, no sólo para derrotar a los «nacionales», sino también en oposición al gobierno republicano electo que Franco buscaba derrocar.

Se esperaba el golpe de estado de los generales desde hacía meses. Todo el mundo sabía que querían derrocar a sus jefes de la República y establecer su propia dictadura, inspirada en la línea de las potencias fascistas. «El Gobierno no puede salir de ésta», había dicho todo el mundo. «Ahora tendrá que armar al pueblo.» En lugar de eso, el gobierno del Frente Popular pidió al ejército que permaneciera leal. Cuando finalmente se rebeló, devolvimos el golpe. ¡Barcelona fue nuestra en veinticuatro horas!

Se trataba, por tanto, de una guerra popular que combinaba la resistencia contra Franco en el frente y la guerra de clases tras las líneas. Las columnas de milicianos marchaban a combatir contra el ejército rebelde, pero se enfrentaban a sus jefes cuando regresaban. En Barcelona, el 80 por ciento de las empresas se colectivizaron17 bajo un decreto que rezaba: «la victoria del pueblo significará la derrota del capitalismo».18 En diciembre de 1936 George Orwell experimentó los resultados:

La clase trabajadora tenía el poder (...) Todas las tiendas y cafeterías mostraban un cartel que indicaba que habían sido colectivizadas; se había colectivizado incluso a los limpiabotas, y se había pintado sus cajas de rojo y negro. Camareros y dependientes te miraban a la cara y te trataban como a un igual. Las formas serviles y ceremoniosas de hablar desaparecieron temporalmente... Las propinas se prohibieron por ley (...).19

Un aspecto de la guerra civil fue la transformación del papel de la mujer, una de las cuales señalaba: «las mujeres ya no eran objetos, eran seres humanos, personas al mismo nivel que los hombres (...) Éste fue uno de los avances más notables de la época (...)».20

El conflicto que comenzó en 1936 ya era, en cierto sentido, una guerra mundial. Puesto que, junto a la clase trabajadora española que combatía a Franco, Hitler y Mussolini, estaban las Brigadas Internacionales, que contaban un total de 32.000 personas de 53 países diferentes.21 El mayor contingente de voluntarios procedía de la vecina Francia, pero importantes cantidades de exiliados antifascistas de Italia y Alemania estaban enrolados en ellas. Se formaron en respuesta a una llamada de la Internacional Comunista.22 Las simpatías por la causa española inspiraron a liberales, socialistas y demócratas, aunque un 85 por ciento de brigadistas eran miembros del Partido.23 En Gran Bretaña, por ejemplo, el Partido Laborista ofreció «todo el apoyo posible (...) para defender la libertad y la democracia en España»,24 mientras que las encuestas revelaban una opinión favorable al Frente Popular republicano en proporción de 8 a 1 con respecto a Franco.25

Aun así, los futuros Aliados de la segunda guerra mundial no necesitaban esta guerra popular antifascista. En lugar de alinearse con el gobierno elegido democráticamente, franceses e ingleses promovieron un Comité de No Intervención. Oficialmente respaldado por todos los países de Europa,26 debía impedir el envío de armas y combatientes a ambos bandos de la contienda española. Neville Chamberlain aseguró que «no tenemos ningún deseo ni intención de interferir en los asuntos internos de ninguna otra nación».27 En realidad, la presunta neutralidad favorecía a Franco, pues la República había perdido sus principales arsenales a manos de los rebeldes y ahora se veía incapacitada para comprar armas en el mercado internacional, pese a ser el gobierno legítimo.

Aún más: cuando Italia y Alemania violaron flagrantemente las reglas, no se hizo nada para detenerlas, puesto que incluso antes de 1936 el establishment británico había resuelto que en España «se están minando las bases de la civilización [porque] está comenzando la revolución (...)».28 Francia había elegido a su propio gobierno del Frente Popular en 1936 con Blum, quien originalmente quería ayudar a la República Española.

Sin embargo, no sólo temía provocar a las fuerzas derechistas de su propia casa,29 sino que necesitaba a Gran Bretaña como aliada ante Hitler. Advertido de un «fuerte sentimiento a favor de los rebeldes en el gabinete británico», fue Blum quien dio inicio al proceso de no intervención.30

Los EE.UU. podrían haber vendido armas a la República, dado que su Ley de Neutralidad no se aplicaba a guerras civiles. Sin embargo, Washington declaró que «por supuesto, nos abstendremos escrupulosamente de cualquier tipo de interferencia en la lamentable situación española».31 Roosevelt describió los acontecimientos en España como «un contagio [y] cuando una epidemia de enfermedad física comienza a extenderse, la comunidad aplica unánime una cuarentena (...)».32 Algunas fuentes aseguran que lamentaba una política que favorecía a Franco33 y que preparó un plan luego abortado para enviar suministros militares encubiertos.34 Es posible. Pero en la práctica se hizo todo lo posible para desalentar el apoyo a la República. Por vez primera en la historia americana, se impusieron restricciones al viaje, y se estampaba la frase «No válido para el viaje a España» en los pasaportes estadounidenses.35 Mientras el gobierno de los EE.UU. obstruía toda ayuda a la República, sus grandes empresas ayudaban a Franco con 3 millones de toneladas de combustible y miles de camiones fundamentales para su maquinaria bélica.36

La guerra civil española ofreció pistas de la actitud que adoptaría Rusia en el futuro hacia la guerra popular. Los brigadistas internacionales comunistas se ofrecieron voluntarios por su compromiso hacia el internacionalismo socialista, pero lo que motivaba a Stalin eran las necesidades del capitalismo estatal ruso. Esperaba domar las ambiciones de Hitler a través de una alianza con Gran Bretaña y Francia, que amenazaba con una guerra en dos frentes. Una victoria republicana española que trajera consigo la «muerte del capitalismo» alienaría a estas potencias occidentales; una victoria de Franco con apoyo nazi resultaría igualmente lesiva. Hugh Thomas concluye: «con una precaución digna de un cangrejo, por tanto, Stalin parece haber llegado a una conclusión, y sólo una conclusión, con respecto a España: no permitiría que la República perdiera, incluso si no la ayudaba a ganar».

Además de México, la URSS fue el único otro apoyo militar de cierta entidad para la República, y para equiparar los suministros fascistas a los «nacionales», Stalin debería haber proporcionado seis veces más hombres y tres veces más tanques38 de los que envió.39 Incluso así, cualquier tipo de apoyo era maná caído del cielo, de modo que la influencia de Rusia creció hasta el punto de poder maquinar la caída del atribulado líder republicano, Largo Caballero, y su sustitución por el más pro-ruso Juan Negrín. La idea rusa era una democracia (del tipo parlamentario, aceptable para Gran Bretaña y Francia) pero se oponía a la revolución que inspiraba la lucha generalizada contra Franco.

En este choque entre las necesidades de política exterior de Stalin y la revolución popular se vería la interacción entre guerra imperialista y guerra popular. Herbert Matthews, reportero del New York Times, tenía sin duda justificación cuando negaba que los comunistas «eran meros robots obedeciendo órdenes (excepto por los escasos líderes rusos implicados). Aún sostengo que luchaban contra el fascismo y, en aquella época, por la democracia que conocemos».40 Sin embargo, su lealtad hacia el que consideraban el único Estado socialista del mundo los atrapaba en una posición contradictoria: seguir el estalinismo y ensalzar la democracia capitalista convencional, y sin embargo luchar y morir por una guerra popular que iba tanto más allá de ella. Esta posición la resumía brillantemente un brigadista comunista escocés:

En aquella época yo veneraba, literalmente, la Unión Soviética. Y cuando finalmente tenías un rifle del que te podías fiar para matar fascistas, en lugar de matarte a ti mismo, con una hoz y un martillo grabados en él, sentías un auténtico escalofrío de orgullo. Allí estaba la gran República de los Trabajadores ayudando al pueblo español en su lucha por conservar la democracia en su propio territorio. Porque, por favor, tengan esto en cuenta: la lucha en España no era una lucha por establecer el comunismo.

Había un aspecto técnico, militar, en la interacción de las dos guerras en la lucha republicana. Preston asegura que «tras las tempranas derrotas de las entusiastas y heroicas, pero desorganizadas y sin instrucción, milicias obreras, muchos republicanos moderados, socialistas, comunistas e incluso algunos anarquistas abogaron por la creación de estructuras militares convencionales».42

Sin embargo, el asunto clave era político. ¿Debía la guerra llevarse de manera que no alienara a las potencias occidentales (que simpatizaban con Franco) o derrocar el podrido sistema que había causado tantos Francos a lo largo de los años? Estas dos concepciones llegaron a las manos en Barcelona durante mayo de 1937. Los comunistas, aliados con los socialistas y los burgueses republicanos, reprimieron a la CNT anarquista y al POUM (un movimiento más o menos ligado al trotskismo). Cientos murieron, el NKVD (la policía secreta rusa) persiguió a los supervivientes y las esperanzas revolucionarias de los primeros días de la guerra civil fueron aplastadas.

 

Iba a ser difícil para la República triunfar, teniendo en cuenta su continuo aislamiento, las maquinaciones de Rusia, la perversa indiferencia de los Aliados occidentales y la ayuda del Eje al enemigo. Pero aplastar la revolución apagó el entusiasmo popular por la lucha, y ya no fueron eficaces en el combate contra los «nacionales».

Éstos ganaron en 1939.

Aunque Gran Bretaña y Francia estaban oficialmente en guerra contra el fascismo desde ese mismo año, no cambiaron de actitud hacia el gobierno español respaldado por el fascismo. Como Glyn Stone escribe, «[Los gobiernos Aliados] habían comenzado la guerra en septiembre de 1939, retando las intenciones de la Alemania nazi de dominar el continente europeo, más que con la intención de crear un nuevo orden democrático en Europa, y por ello, en tanto la España de Franco mantuviera su neutralidad, su régimen no tenía nada que temer (...)».43

En 1940. Churchill aún hablaba bien de los «nacionales»: «como en los días de la guerra peninsular, los intereses y la política de Gran Bretaña se basan en la independencia y la unidad de España, y esperamos ansiosos verla ocupar su lugar correspondiente tanto como una gran potencia mediterránea como un miembro famoso y destacado de la familia europea y del mundo cristiano».44 Franco agradeció estas insinuaciones con su apoyo entusiasta a Hitler y a su guerra «contra el comunismo ruso, esa terrible pesadilla de nuestra generación»,45 enviando a la División Azul como ayuda. Advirtió a los EE.UU. de que la entrada en la guerra constituiría una «locura criminal» y afirmaba que los Aliados «han perdido».46

Los gobiernos británico y francés ni se inmutaron. Concluyeron tratados comerciales y continuaron apoyando al más débil de los regímenes fascistas porque, en palabras del embajador británico, cualquier cambio «sólo llevaría a más confusión y peligros».47 La guerra civil había dejado al país con una enorme dependencia con respecto a la importación de alimentos, y mientras la India moría de hambre, los Aliados corrieron a socorrer las escaseces españolas con cientos de miles de toneladas de trigo,48 y a enviar grandes cantidades de bienes industriales y petróleo. Un comentarista estadounidense llegó a la conclusión de que los españoles disfrutaban del mayor nivel de consumo de petróleo de Europa.49

Es concebible que la política aliada se justificara en términos estrictamente estratégicos. La neutralidad oficial de España dejaba Gibraltar en manos británicas, protegiendo la entrada al Mediterráneo. Sin embargo este razonamiento dejó de ser válido tras 1945, cuando, como el embajador británico comentaba, «con la eliminación de otros gobiernos totalitarios de Europa, la anomalía española era cada vez más llamativa».50 Cuando Rusia pidió la eliminación de Franco,51 y los expertos británicos y estadounidenses hablaban de emplear su dependencia del petróleo para moderar su tiranía, Churchill sopesó el asunto con esta diatriba: «lo que están ustedes proponiendo es poco menos que atizar una revolución en España. Se comienza por el petróleo y rápidamente se acaba con sangre (...) Si ponemos las manos sobre España (...) los comunistas se convertirán en dueños de España [y] debemos saber que la infección se extenderá rápidamente por Italia y Francia».52

Dejar a Franco incólume permitió que el cruel asesinato judicial de republicanos continuara sin trabas. En 1945 se dictaban 60 sentencias de muerte por semana, y en un solo día en Madrid se ejecutaron 23.53

Una posible objeción a la idea de una segunda guerra mundial en la que se da una guerra popular podría ser que, en términos de propaganda, todas las modernas guerras imperialistas se presentan como «progresistas» y «democráticas». La experiencia española demuestra que las guerras populares que se manifestaron durante la segunda guerra mundial tenían orígenes independientes, y que, en efecto, se desarrollaron pese a la antipatía de los gobiernos Aliados hacia ellas.